Rovira y Trías, AntonioBarcelona, 1816 - Barcelona, 1889


Hijo del carpintero y maestro de obras Antonio Rovira y Riera y Gertrudis Trías, nació en Barcelona el 27 de mayo de 1816 y murió en la misma ciudad el 27 de mayo de 1889. Fue hijo de uno de los más acreditados maestros carpinteros de esta capital y su discípulo desde su más temprana edad. A partir de 1827 se dedicó al estudio de los conocimientos que eran exigidos a los arquitectos por la Academia de San Fernando, cursándolos en la Academia de Barcelona dependiente de la Junta de Comercio del Principado de Cataluña. Se aplicó en el Dibujo de la figura humana, Perspectiva y Paisaje, en cuyas clases obtuvo todos los premios trimestrales que fueron establecidos. También en la Arquitectura, que cursó bajo la dirección de Antonio Celles entre octubre de 1829 y junio de 1840; Matemáticas, enseñanza en la que se matriculó del primer curso en 1831 y 1833, y en el segundo año entre octubre de 1836 y junio de 1837, siéndole concedido la calificación de sobresaliente. Asimismo, cursó Geología y Mineralogía bajo la dirección de José Antonio Llobet desde octubre de 1837, Química entre octubre de 1838 y junio de 1840, mientras que Geografía y Cronología entre octubre de 1838 y el 23 de junio de 1839.  Al mismo tiempo realizó la práctica de la profesión bajo la dirección del arquitecto José Buxareu, a cuyas obras asistió por espacio de dos años y medio.

Siendo aún alumno en 1833 opositó al concurso convocado a raíz de la Real Orden expedida por la reina el 25 de noviembre de 1833 para estimular el genio de los profesores de la Academia de San Fernando a través de la erección de un monumento artístico dedicado a consagrar la memoria del juramento hecho por Isabel II como princesa heredera de estos reinos y su advenimiento al trono. Debía publicarse en los periódicos después de aprobarse por S.M. y ofrecerse el premio honorífico y remuneratorio al profesor que la Academia estimase con mas mérito de todos. Los autores tenían la libertad de diseñar el monumento que quisiesen en el lugar que creyesen mas oportuno y el ganador obtendría un premio consistente en una medalla de oro de 6 onzas que tendría la efigie de la Reina y en su reverso la inscripción laureada «Mª Cristina de Borbon Reina Gobª á N (qe será el nombre del qe obtenga el premio)».

La Academia tuvo preparado el programa el 16 de diciembre y la reina lo aprobó el 8 de enero de 1834. Los profesores que firmaron la oposición fueron Carlos del Bosch y Romaña; Pedro Manuel de Belaunzarán; Patricio Rodríguez; Andrés Coello; Manuel Rojas; Constantino Germán; Marcos Arnaiz; Diego Monroy y Aguilera (pintor de Cámara de S.M.); Antonio Capo González; Romualdo de Vierna; Narciso Labrador; Antonio Sancho y Arango; José María Guallart y Sánchez; Francisco García Martínez; Juan Morán Lavandera; José Gutiérrez (profesor de pintura); Francisco Elías Burgos; Juan José Ribera; Luis de Olarieta; Pedro García; José de Tomás; Francisco Javier Adán; Inocencio Ladrón de Guevara; Lorenzo Hidalga y Luis Rigalt. A éstos cabría añadir los nombres recogidos en la lista que el académico Antonio Celles remitió a Custodio Moreno desde Barcelona en febrero de 1834, en la que aparecían como opositores: José Fontseré; José Oriol; Félix Ribas y los alumnos Onofre Alsamora, Víctor Martí, Pablo Jener, José Mestres, Francisco Barba, Antonio Rovira, Carlos Gras y Francisco Ribas. Asimismo, los de Fernando Llacer y Viana, académico de mérito por la Escultura de la Academia de San Carlos de Valencia; Francisco Guillén y Juan Lizusoáin, este último profesor de Adorno y Decoración en Sevilla.

Las obras presentadas, un total de 23, fueron muy variadas respecto a su forma y ubicación. Algunos vieron el monumento como un obelisco, un gran pedestal con escalinatas, un templete circular de diferentes órdenes, una columna o una fuente en lugares tan dispares como la plaza de Oriente a espaldas del gran teatro dando frente a la calle Arenal; en el sitio o paso del río Manzanares llamado del Vado, frente al puente de Santa Isabel o en el sitio que ocupaba la puerta llamada de Atocha.

La Junta General celebrada a las 11 de la mañana del día 19 de septiembre de 1834 tuvo como objeto la adjudicación de los premios con arreglo al programa publicado en la Gaceta el 7 de enero anterior. Debido a que el viceprotector sufrió una grave enfermedad ocupó la presidencia el conde de Parcent al ser el consiliario más antiguo. A la junta asistieron 49 profesores en total, siendo el secretario Fernández de Navarrete y no habiendo podido acudir los académicos de honor marqués de Bajamar y marqués de Piedra Blanca, así como los académicos de mérito Francisco Javier de Mariátegui, Elías Villalobos, José París y José Castelaro.

Estudiadas previamente todas las obras y ejecutada la votación secreta resultó que ninguna de ellas fue merecedora del premio, por lo que la Academia acordó comunicar al gobierno que fuese ella misma la que arreglase uno o más pensamientos del monumento artístico a fin de poder presentar alguno a S.M. que reuniese y conciliase el decoro y esplendor de las artes.

En vista de lo acordado en la sesión anteriormente señalada, la Junta de la Comisión de Pintura, Escultura y Arquitectura reunida el 3 de diciembre de 1834 acordó, sin embargo, otra solución para resolver el problema consistente en el volver a organizar una nueva convocatoria y publicación sencilla del mismo programa, debiendo los autores añadir por escrito las razones artísticas y filosóficas de las diferentes obras, aparte del cálculo aproximativo del coste que tendrían y el sitio que consideraban más apto para su colocación.

El 1º de diciembre de 1835 se celebró la Junta de la Comisión de las Tres Nobles Artes en su segunda convocatoria para examinar las obras de oposición del monumento. Después de reconocidas se procedió a censurarlas acordando su nulidad al no ofrecer mérito alguno por 14 votos de negativa, que eran los sufragios correspondientes a los señores que habían estado presentes en la Junta. En vista de que el resultado había sido el mismo que en la primera convocatoria, la Comisión de las Tres Nobles Artes reunida el 22 de enero de 1836 creyó como mejor modo de llevar a cabo este importante monumento encargar su formación y presentación a tres o más profesores para su desempeño, o bien invitar a sus  individuos y demás profesores a contribuir todos al mismo objeto, con lo que sus trabajos y pensamientos se considerarían de interés común y honor de la corporación a la que pertenecían.

A primeros de 1842 Antonio Rovira solicitó de la Academia su admisión a los ejercicios para la clase de maestro arquitecto, presentando como prueba de pensado el proyecto de un «Grande Edificio qe destina á Acadª de Ciencias y Artes, Museo y Salas de exposición para efectos artísticos» que debía situarse en un área formado por un paralelogramo rectángulo de 382 pies por 604, cuyos lados menores debían mirar a dos plazas principales. Lo acompañó del informe facultativo y el cálculo de la obra, junto con diversos documentos de su práctica y estudios, además de la justificación de su conducta moral y política.

La Junta de la Comisión de Arquitectura reunida el 1 de febrero de 1842 estudió con detenimiento la obra, pero tras la votación secreta no hubo lugar a su admisión por la totalidad de los sufragios. No obstante, el 28 del mismo mes volvió a solicitar su nueva admisión a los ejercicios para la misma clase, presentando en esta ocasión como prueba de pensado el mismo proyecto anterior, una Academia de ciencias y artes (del A- 253 al A- 256 y A- 5772) con su informe facultativo y el avance del coste de la obra, junto con la partida de bautismo, la certificación de sus estudios en Barcelona, la certificación de práctica librada por su maestro José Buxareu y la justificación de su conducta moral y política.

La Junta de la Comisión de Arquitectura celebrada el sábado 5 de marzo de 1842 examinó la obra y los documentos aportados, pero realizada la votación secreta hubo un empate a votos (3-3), lo que llevó a elevar el asunto a la Academia para su definitiva resolución. Fue admitido por cuanto que en la Junta Ordinaria del 6 de marzo le fueron sorteados los programas de repente, tocándole en suerte: «Un gran salon con destino á Armeria, adornado con el orden de Arquitectura correspondiente, y cerrado con boveda esquifada. Planta y seccion interior», «Un Anfiteatro de Cirujia para la demostración y enseñanza de las parteras, con todas las oficinas correspondtes y habitación pª el profesor Catedratico. Planta, alzado y corte» y «Proyectar una Iglesia parroql pª un pueblo de 600 vecinos en donde se carece de unos templos, con habitaciones pª el Cura y Sacristán. Planta, fachada y corte geométricos». De los tres escogió este último, es decir Una iglesia parroquial para un pueblo de 600 vecinos (A- 3950), elección que comunicó a la corporación el 12 de marzo.

La Junta de Examen celebrada para examinarle en la clase de maestro arquitecto tuvo lugar en la mañana del 30 de marzo de 1842, asistiendo a ella como vocales los profesores  Juan Miguel de Inclán, José Joaquín de Troconiz, Antonio Conde y González, Atilano Sanz, Eugenio de la Cámara y Marcial Antonio López. Cotejada la obra de pensado con la de repente que el interesado explicó una vez entrado en la sala, se procedió a la realización del examen teórico. Rovira y Trías comenzó este nuevo ejercicio tratando las superficies y los sólidos, pasando después a explicar las potencias. Enseguida figuró un cuadrado y para tratar la diagonal recorrió la parte correspondiente a los polígonos regulares inscritos y circunscritos demostrando sus conocimientos en geometría. Mas adelante explicó las doctrinas que ofrecía la aplicación del álgebra a la geometría y entró en la práctica de la construcción de los cimientos, concretamente los que presentaba su obra. Asimismo, se introdujo en las bóvedas de rosca y tabicadas; las armaduras simples y compuestas, demostrándolas y trazándolas en el encerado. También en los centros de gravedad; las partes a las que se reducía la buena construcción; la elección de la cantería, el asiento y la elección de las jambas. Por último se le cuestió sobre la decoración de su fachada principal, la perspectiva y sus principios fundamentales.

Satisfechos los examinadores con las obras presentadas y las contestaciones dadas a las preguntas formuladas le creyeron apto para ostentar el título de maestro arquitecto, grado que le fue concedido en la Junta Ordinaria del domingo 10 de abril de 1842, a los 25 años de edad.

Entre 1847 y 1851 trabajó como arquitecto perito y jefe de bomberos de la Sociedad Barcelonesa de Seguros Contra Incendios. Con arreglo a la circular de 25 de julio de 1846 se ocupó de elaborar el plano de la ciudad de Manresa (Barcelona), dibujo que sería censurado por la Comisión de Arquitectura la noche del viernes 11 de febrero de 1848, viéndose con mucho gusto y buena ejecución, aunque no así las reformas con las que pretendía corregir las imperfecciones de las calles: «[...] sin dejar de apreciar el singular esmero y exactitud con que está ejecutado el mencionado plano por el Arquitecto D. Antonio Rovira y Trias, y respetando las causas que el mismo Profesor y el Ayuntamiento de Manresa habrán tenido para no variar las alineaciones de un modo mas notable, hubiera querido sin embargo que se hubieran corregido muchas imperfecciones que aun quedan y que es sensible permanezcan en una poblacion importante por mas de un titulo. Por cuya razon la Seccion ha indicado sobre el plano con lineas negras acompañadas de aguada amarilla las alineaciones que en su concepto podrian adoptarse y que harian de Manresa una poblacion bella y agradable; pero sin pretender por esto que todas ellas se lleven á cabo rigurosamente, y si solo para que el Ayuntamiento de acuerdo con su Arquitecto que tan inteligente y conocedor se manifiesta en sus obras adopten de entre ellas las que juzguen que puedan realizarse sin lastimar demasiado la propiedad».

En este mismo año de 1848 se abrió un certamen para construir en Barcelona una plaza céntrica en el antiguo local ocupado por el huerto y convento los PP. Capuchinos para desahogo y esparcimiento de los habitantes. El local religioso había pasado a propiedad del ayuntamiento en 1836 a raíz de la desamortización de Mendizábal, pero no fue posible trasladar su propiedad a la municipalidad como consecuencia de la guerra civil, siendo la Administración de Bienes Nacionales el organismo que acabó por incautar el terreno con la gran oposición del ayuntamiento.  No obstante, el tesón de este hizo trasladar su solicitud a la reina para que el proyecto original se llevase a cabo, de ahí que S.M. expidiese a través del Ministerio de Hacienda la Real Orden del 15 de marzo de 1848 para que fuese ejecutado.

Una vez solventados estos problemas y la indemnización pagada los propietarios de los terrenos que debían ser expropiados, se editó el programa del concurso el 9 de mayo para que los arquitectos que quisiesen participar en el certamen presentasen sus proyectos, dejándoles a su elección la arquitectura y la figura de la plaza, pero debiendo ser dichos concursantes arquitectos académicos.

El 8 de julio se acordó invitar al acto de apertura a los siguientes señores: el capitán general, jefe superior político, intendente, obispo, regente de la Audiencia, rector de la Universidad Literaria y el comandante general de la Provincia, así como a los censores: el general subinspector de ingenieros, dos ingenieros militares, el ingeniero civil  jefe del distrito Antonio Arriete, dos ingenieros civiles, el ingeniero hidráulico de las obras del puerto, a todos los académicos de San Fernando no arquitectos, el presidente de la Academia de Bellas Artes, el inspector civil de ingenieros y por la relación del monumento que debía erigirse en la plaza con la historia, el archivero de la corona de Aragón Próspero de Bofarull y Mascaró y Juan Cortada, catedrático de historia de la Universidad Literaria.

Se señaló el 10 de julio para la apertura de los proyectos, día en que tuvo lugar la reunión del cuerpo municipal en sesión extraordinaria celebrada en el Salón de Ciento dentro de las casas consistoriales bajo el alcalde, los tenientes de alcalde, los regidores, el procurador síndico, los convidados (intendente, rector de la Universidad literaria, los censores, el inspector de caminos) y los académicos de San Fernando: Vicente Rodes, Damián Campeny, Antonio Ferrán, Pascual Vilaró, José Bover, Antonio Roca, Jaime Batlle, Luis Rigalt, Segismundo Ribó, José Arrau, Francisco Dalmasas y Claudio Lorenzo. Se abrieron 11 proyectos:

 1º El Genio conteniendo cuatro planos.

 2º Barcino urbs venerabilis in agregiis templis tuta ut in optimis, pulchra in carteris edifiis. D. Alonso V de Aragón conteniendo dos planos.

 3.° Amor á la gloria, primer proyecto conteniendo cinco planos y una descripción; segundo proyecto conteniendo cuatro planos y una descripción; tercer proyecto conteniendo dos planos; cuarto proyecto conteniendo dos planos y una memoria; quinto proyecto conteniendo un plano y una memoria.

 4º Decora urbem tuam conteniendo dos planos.

 5.º Las autoridades que se desvelan por el bienestar de sus ciudadanos y para que prospere la industria y las artes, merecen bien de la patria; conteniendo cuatro planos.

 6.° Proyecto de una plaza de comercio en Capuchinos, conteniendo tres planos.

 7º Plaza de la guerra de la Independencia conteniendo dibujos en seis pliegos y una memoria.

 8º Ne che poco io vi dia da imputar sono che quanto io vi posso dar tutto vi dono. Ariosto C. 1º Ott. 3ª conteniendo cuatro planos y una memoria estando unido al plano de núm. 1. un pedacito de papel escrito.

 9º Útile dulcí conteniendo tres planos y una memoria.

 10º Plaza dedicada á D. Pedro III. Los edificios además de espresar cual sea su objeto deben también hablar al alma y enaltecer la imaginacion, despertando en una sentmientos sublimes y en otra ideas fecundas conteniendo cinco cuadros y una memoria.

 11º Los monumentos públicos son el testimonio de la civilización de los pueblos, conteniendo cuatro cuadros y una memoria».

 Una vez realizada la apertura de los proyectos, el presidente ordenó que fueran colocados en diferentes mesas para que el público pudiera verlos con objeto de ser trasladarlos después a la sala del consistorio y poder encerrar los pliegos que contenían los epígrafes y los nombres de sus autores en una cartera de terciopelo carmesí, guardando la llave en su bolsillo y entregando la cartera al secretario para su custodia.

El día 11 continuó la sesión del día anterior, momento en que una comisión de 5 censores, siendo los secretarios de la misma Juan Cortada y Juan Merlo y el presidente Agustín Marcoartú, fueron examinando y calificando los proyectos. Al día siguiente todos los censores continuaron la sesión del día anterior. El presidente de la junta comunicó que los trabajos habían concluido y se tenía un dictamen sobre ellos, mientras que el jefe superior político comentó «la complacencia que le ha causado el ver que los SS. Arquitectos han rivalizado en dar pruebas de su aplicación y amor á la gloria presentando proyectos que han merecido todos, sin excepción, los elogios de la Junta censoria y la aprobación así del Cuerpo municipal, como de la espresada Junta».

Tres de los once proyectos presentados fueron calificados con preferencia: en primer lugar, el de Francisco Daniel Molina (Nº 8), en segundo lugar, el del mismo autor (Nº 2) y en tercer puesto el de José Oriol y Mestres (Nº 10). Se manifestó que todas las obras presentadas eran dignas de elogio y posible su realización y que si había algún arquitecto que hubiera concurrido al examen y quisiera que se leyese su epígrafe podría hacerlo. Francisco Daniel Molina expuso que tenía otros dos proyectos, los números 4 y 11, al tiempo que Antonio Rovira y Trías comunicó que tenía el proyecto con el nº 9.

El mismo 12 de julio los miembros de la junta censora pasaron a ocuparse de la elección del monumento que debía colocarse en el centro de la plaza. Como no observaron en los proyectos elegidos las condiciones del programa propuesto y eran inferiores en mérito a algunos de los que no había salido escogidos, acordaron abrir un nuevo concurso para este objeto si el ayuntamiento estaba de acuerdo, aunque en caso de no creerlo oportuno se daría preferencia al monumento erigido a Fernando El Católico del proyecto nº 11 de Francisco Daniel Molina, pero debiéndose hacer en él algunas modificaciones desde el punto de vista arquitectónico. Asimismo, la junta censora fue de la misma opinión con respecto a las fuentes proyectadas y de no creer oportuno abril un nuevo certamen para ello, se elegiría la fuente proyectada en el epígrafe «Decora urben tuam» perteneciente al nº 4, también de Francisco Daniel Molina.

Finalmente, la junta censora acordó presentar al ayuntamiento dos proposiciones: que el autor del proyecto ganador en primer lugar dirigiese las obras públicas de su proyecto y segunda, que a todos los que hubieran participado en el concurso público se les expidiese una certificación honorífica como acreditación, siempre que sus autores quisieran ver publicados sus nombres.

En el proyecto premiado en primer lugar, obra de Francisco Daniel Molina, el autor indicó que, dado que el famoso Consulado del Mar era aceptado por todas las naciones marítimas como el monumento más grandioso de la ilustración catalana, había escogido como nombre de la plaza la del Consulado y a las calles que iban a afluir en ella: del Comercio, Industria, Agricultura, de la Marina o del Mediterráneo en alusión al comercio catalán por este mar.

Proyectó la plaza con 290 palmos de ancho y 507 de largo sin contar con los pórticos, cuya profundidad era de 25 palmos, no obstante, en caso de ser demasiado grande podría disminuir sus dimensiones. Rodeaba este espacio con un paseo, sirviéndole de acera un jardín arbolado. Diseñó una fuente monumental alegórica al Comercio, la Industria, la Agricultura y la Marina con dos surtidores o estanques. Las fachadas y su decoración constaban de cuatro pisos más el de tiendas con 100 palmos de altura y colocaba en el cuerpo saliente y en dirección a la calle del Conde del Asalto el monumento que debía dar nombre a la plaza. Dicho cuerpo saliente se adornaba con estatuas de los hombres eminentes en el comercio, la industria, la agricultura, artes y marina de nuestro país. Del mismo modo, decoraba los cuerpos salientes de las embocaduras de las calles, pudiendo ser, o no, porticadas.

En el proyecto galardonado en 2º lugar, obra también de Francisco Daniel Molina, el autor dio el nombre Blasco de Garay a la plaza, capitán de navío que en 1543 había inventado una máquina de vapor de gran trascendencia, denominando a las calles que iban a parar a ella: del Vapor, de la Industria, del Comercio y de las Artes. En el monumento que debía ir en el centro del espacio urbanístico diseñaba la estatua de este marino y a su alrededor cuatro estatuas simbolizando el Comercio, la Industria, las Artes, etc., junto a varios bajorrelieves.

Ideó la plaza en forma circular y con pórticos de 174 palmos de diámetro proyectando un gran jardín en el centro con asientos interpolados con estatuas y jarrones de flores sobre pedestales.  En el centro de cada jardín disponía una fuente o saltador. En cuanto a los edificios que debían conformarla constaban de cuatro pisos con una altura de 100 palmos y una decoración de orden jónico. Para dar mayor realce a la plaza proyectó dos pabellones salientes mirando a la Rambla, en cuyos cuerpos disponía ocho columnas dóricas y seis pedestales con estatuas de personajes distinguidos en el comercio, la industria y las artes.

En el caso del proyecto premiado en 3º lugar cuya autoría respondía a José Oriol y Mestres, se daba a la plaza 132,065 palmos cuadrados2, pues los lados menores eran de 305 palmos y los mayores de 433 palmos, siendo muy sencilla la decoración de los edificios que la circundaban. A la plaza afluían cuatro calles sin pórticos de 40 palmos de ancho, las cuales salían, una a la Rambla, otra a la calle de Escudellers, otra en la de Raurich que podía prolongarse hasta la plaza de la calle de Aviñó y otra en la calle de Fernando VII.

En la memoria, el arquitecto indicó que, aunque por falta de tiempo le había sido imposible presentar el diseño del monumento en el interior de la plaza, dispondría un monumento dedicado a Pedro el Grande con pedestal y la estatua ecuestre del rey junto a una línea de árboles a su alrededor, porque era un personaje histórico de gran sabiduría y por la grandeza del reino que había gobernado, como también por su amor al progreso científico, artístico, industrial y comercial.

Respecto a los edificios de la plaza constaban del plan del terreno con entresuelo, primero, segundo y tercer piso. Para el cuerpo bajo incluyó dos pensamientos, el cual proyectaba sostenido por columnas formando un pórtico que podrían ser pareadas y con arcos. Para la decoración combinó balcones y ventanas en el primer y segundo pisos, además de ventanas en el tercero, separando este de los demás con una faja ricamente adornada, rematando todo el conjunto mediante una cornisa sencilla.

Obvió la introducción de decoraciones recargadas o extrañas, aún sabiendo que este era el «gusto más generalizado en esta ciudad, en la cual se embauca al público con prodigalidad de ridiculeces y garambainas que llaman adornos, la mayor parte de ellos hechos sin arte, colocados sin objeto y que á ningún tipo de arquitectura pertenecen», de ahí que optase por despojar en su proyecto de todo lo innecesario, dejando la arquitectura desnuda y sin accesorios  porque un edificio hecho con arte no admitía más que lo esencial y necesario. De este modo, los únicos adornos que introducía eran las ocho estatuas de mármol blanco que remataban las cuatro puertas de entrada representando las Ciencias, las Artes, la Industria, la Agricultura, la Marina, el Honor y la Virtud. Entre los materiales que tenía pensado emplear en su obra destacaba el mármol de Rosas, el de Génova y Tarragona, la arenisca de Monjuich, incluso podría ejecutar algunos elementos en estuco imitando los productos de las canteras mencionadas.

Como hemos indicado, Francisco Daniel Molina presentó al certamen otros dos proyectos que no fueron premiados. En el que llevaba como epígrafe «Los monumentos públicos son el testimonio de la civilización de los pueblos» (Nº 11), el autor mencionaba que había que prescindir de la reducción del terreno enajenable para dar a la plaza todo el ensanche posible para en el futuro poder ampliarla según fuera creciendo la ciudad. Dio a la plaza la extensión de 745 pies de longitud y 353 de latitud con la inclusión del pórtico que contenía tiendas en el plan del terreno y otro número igual en la primera planta. Quedaba cerrada por edificios particulares, uniformes en altura y en ornamentos, decoración consistente en una columnata de orden corintio levantada sobre un basamento formado de un pórtico con arcos, en cuyos senos podían introducirse bustos de personajes célebres (almirantes, guerreros, escritores, ...). A fin de evitar la monotonía, ideó cuerpos salientes en cada uno de los edificios que bordeaban la plaza formados por cuatro columnas aisladas, cuyo entablamento estaba coronado por un frontón en cuyo tímpano introducía un escudo sostenido por genios. A cada lado de estos cuerpos iban monumentos rematados por estatuas de personajes históricos. Asimismo, diseñó en las embocaduras de las calles de Fernando VII y Escudellers cuatro monumentos con otras estatuas de personajes históricos coronados por cuatro bajorrelieves que bien podían ser suprimidos sin restar magnificencia a la plaza, la cual podía cerrarse con una verja de hierro para la seguridad de las tiendas y las habitaciones.

En el interior de la plaza diseñó un jardín, así como un paseo de árboles bajos, y en el centro un monumento alegórico a una etapa gloriosa que daría nombre a la plaza. Dicha plaza podía tomar el nombre de plaza de España o de los Reyes Católicos, mientras que las calles que confluían en ella del Nuevo Mundo o América, Granada, África y de Italia por las glorias españolas de aquella época, vías en las que podían colocarse bustos para decorarlas.

En cuanto al monumento situado en el centro de la plaza lo diseñó recordando el enlace de los monarcas, cuyas estatuas se darían las manos y quedarían coronadas por un genio simbolizando la España sosteniendo sobre sus cabezas la corona Real, siendo decorado el pedestal octógono con bajorrelieves.  A cada lado del monumento iría una fuente o salto, cuyos nombres podrían ser Cuatro estaciones y Cuatro elementos, ambas ejecutadas en hierro fundido.

Por otro lado, las doce estatuas que debían decorar los monumentos y colocarse en la plaza podían representar a príncipes que con sus matrimonios, adquisiciones o conquistas habían enaltecido y agrandado la Corona de España (Don Pelayo, Wifredo el Vellosos, Fernán González, Petronila y Berenguer IV, Don Jaime el Conquistador, Fernando El Santo, Pedro III, etc.).

Además del proyecto no premiado de Francisco Daniel Molina, tampoco lo fue el presentado por el arquitecto Antonio Rovira y Trías (Nº 9). Tuvo en cuenta el deseo del Ayuntamiento de Barcelona en que la plaza fuera una plaza porticada y se aprovechase al máximo su terreno, pudiendo ser cuadrada, cuadrilonga, redonda, elíptica o de otra forma. Atendiendo al programa, la plaza tomaría el nombre de Príncipe de Viana y el monumento estaría dedicado a dicho personaje histórico, que llevaría en su mano izquierda la espada, en su pecho el escudo de Barcelona, en la mano derecha una pluma y a sus pies una corona partida entre la cual pasaría una serpiente. Alrededor del pedestal se representarían cuadros históricos relativos a la época del Príncipe.

Las estatuas que coronarían la plaza corresponderían con personajes históricos y las dieciséis de las fachadas que miraban a la plaza podrían ser las del Conde de Barcelona, los Reyes de Aragón, Ramón Berenguer IV, Pedro III El Grande, etc. En cuanto al nombre de las dos calles podrían ser calle de Marimón y Blanca, madre del Príncipe.

El proyecto con el lema «Amor á la gloria» (Nº 3) respondía al de Miguel Garriga, arquitecto que incluyó en su memoria el proyecto de la plaza de la reina Isabel II que había realizado en septiembre 1844, espacio urbanístico que había proyectado en forma circular y 290 palmos de diámetro a la que cruzaban dos calles que comunicaban la Rambla con la calle Vidrio y la de Fernando VII con la de Escudellers. Ideó un monumento dedicado a la Reina en el centro de la misma para conmemorar su feliz reinado. No obstante, acompañaba la memoria con otra menos grata a los españoles al alzar en el centro un arco de triunfo conmemorando el regreso de la reina Mª Cristina a Barcelona.

La plaza fue concebida como un bazar con pórticos de 225 palmos de ancho, varios brazos, entradas y avenidas. En el centro de esta glorieta-jardín se erigiría un monumento dedicado a Isabel II a modo de templete dentro del cual figuraba la Soberana en el trono de San Fernando, con abundantes chorros de agua dentro de una gran balsa convertida en surtidor y a cuyo alrededor aparecían dentro de nichos y cuevas las estatuas de la Agricultura, las Artes, la Industria, el Comercio, Neptuno y otros genios o dioses alusivos a las aguas. En el segundo basamento, aquel en el que se apoyaba el trono de la reina lo decoraba con escudos de armas de todas las provincias y dominios de S.M. y cuatro relieves memorando épocas gloriosas de los reyes de la nación. Ornamentó el lugar del trono de la reina con escudos de armas reales o hemisferios de Europa, Asia, África y América memorando las posesiones de la Corona Española; leones como símbolos de la lealtad española y estatuas representando la Justicia, la Paz, la Religión y la Constancia como virtudes que acompañan siempre al trono.

En el segundo proyecto desarrollado denominó la plaza con el nombre de Plaza del Comercio y la Industria.  De figura elíptica achatada, con pórticos y una galería circundándola, le dio 430 palmos de longitud y 200 palmos de latitud, además de 23 palmos de luz en el pórtico. Trazó cuatro avenidas o entradas: la principal en la Rambla, otra al lado opuesto, calle del Vidrio, otra en la calle de Fernando VII y la última en la calle Escudellers, todas estas entradas con 45 palmos de ancho y pórticos, lo mismo que la plaza. Sobre estas entradas dispuso salones destinados al comercio, la industria, ciencias, artes y agricultura con suntuosas escaleras dobles. Cerró la galería de la industria española que abrazaba toda la extensión de los pórticos de la plaza, así como las avenidas con cristales para resguardar a la gente de las inclemencias atmosféricas.

También previó un pasaje en la prolongación de la calle de las Euras, cruzando la avenida de Fernando VII aumentando así el valor del terreno, además de glorietas-jardines separadas por surtidores, disponiendo en el centro de cada una de ellas un aposento subterráneo comunicado con una de las tiendas para destinarlo a café. Sobre dichos subterráneos apoyó un templete de orden corintio decorado con ocho columnas y la estatua de la diosa Flora en uno de ellos y de Ceres en el otro. Surtidores, fuentes y escalinatas comunicaban con los templetes.

Las cuatro entradas a las fachadas de la plaza quedaron decoradas con estatuas, retratos, relieves y atributos de la industria nacional en ciencias, artes, agricultura y comercio como representación del triunfo que estas habían adquirido.

Al final de la memoria, fechada el 27 de junio de 1848, Miguel Garriga incluyó el presupuesto de la obra, la indemnización y el coste de las obras a cargo del ayuntamiento, junto con el sobrante del que podía disponer la municipalidad.

A su vez, el mismo arquitecto realizó un tercer proyecto para la plaza, en esta ocasión de figura regular, 800 palmos de longitud y 150 de latitud con un espacioso pórtico a su alrededor de 25 palmos de ancho y cuatro entradas de 50 palmos en forma de cruz, por las cuales podían ir los viandantes a cubierto hasta encontrar el pórtico.

Creía conveniente la prolongación de algunas calles y la construcción de un embarcadero atravesando la muralla del Mar. Como en el proyecto anterior, incluyó el coste de las obras y las indemnizaciones.

El cuarto proyecto que realizó Garriga constaba de una plaza cuadrada de 310 palmos de lado, además de un pórtico de 24 palmos de ancho circundándola. Dentro de la plaza disponía una glorieta elevando en su centro un monumento rematado con la Fama, en cuyo pie existían diferentes saltos de agua. Por el contrario, en el quinto proyecto ejecutado para la ocasión, ideó una gran plaza de 460 palmos de longitud y 320 de latitud, con pórticos de 30 palmos de ancho a su alrededor y una capacidad suficiente para poder plantar árboles y formar una glorieta en la figura irregular que presentaba su planta. Cruzaba por el centro una calle abierta, prolongación de la Nueva Rambla o del Conde del Asalto, en línea recta hasta la bajada y plazuela de San Miguel mientras que por el lado de mediodía otra de 30 palmos de ancho a fin de prolongar el pórtico de esta acera hasta encontrar la plazuela de San Francisco, la de Aviñó a la plazuela de la Verónica por la parte norte y terminar en la calle de los Templarios. En los ángulos de la plaza y como prolongación de los pórticos introducía otros pasajes particulares que daban salida a la Rambla, uno a la calle de Fernando y otro a la de Escudellers.

En 1852 realizó varios proyectos en Barcelona: el Teatro Circo; el proyecto general para la ampliación del cementerio de Mataró (Barcelona) que la Sección de Arquitectura del 14 de enero y la Junta General del 16 del mismo mes aprobaron. Se tuvo en cuenta que se trataba de un cementerio que tenía varios años de existencia en el que se intentaba levantar un pórtico que, unido a la capilla sepulcral con dos pabellones a ambos lados, sirviese de comunicación con dicha capilla. Debajo de ella se construirían sepulturas de diferentes dimensiones para corporaciones o particulares, pudiendo colocar más lápidas alusivas o monumentos sepulcrales en la pared del nuevo pórtico entre machón y machón. Aparte, se tenía en mente la construcción de una nueva puerta principal de entrada con dos estancias para el vigilante del edificio y destinar unos solares para monumentos de familias o personajes distinguidos. 

Además de las obras mencionadas, la Junta General del 4 de septiembre de 1852 censuró el plano y el presupuesto que había elaborado Rovira y Trías para las obras de reparación de la cárcel de Manresa (Barcelona), advirtiendo a su autor de algunas observaciones que debían ser corregidas como dejar la cocina  segregada del interior; hacer tabiques dobles para la absorción del eco sonoro articulado entre los departamentos de incomunicados; remitir el plano del estado primitivo de la fachada y otro de su reconstrucción; subsanar varias faltas en la distribución interior, etc. El proyecto corregido fue censurado y aprobado por la Sección de Arquitectura el 10 de enero de 1854 al constatarse que todas las correcciones habían sido introducidas.

Cuatro años más tarde llevó a cabo la logia en la Rambla de Barcelona y en la Junta General del domingo 7 de febrero de 1858 le fueron aprobados el presupuesto y el pliego de condiciones que había elaborado para el abastecimiento de las aguas en la villa de San Martín de Provensals (Barcelona). En 1859 obtuvo el premio del concurso de proyectos para el Ensanche de Barcelona, que finalmente llevaría a cabo Ildefonso Cerdá por orden del gobierno.

Toda esta vida llena de éxitos y trabajos quedó ensombrecida en 1867 cuando fue sustituido por el alcalde constitucional como arquitecto titular de la villa de Gracia (Barcelona), siendo nombrado en su lugar el maestro de obras nuevo José Comas y Argemí. Ante este desagravio, los arquitectos residentes en Barcelona (Francisco de Paula del Villar, José Fontseré, Juan Cortés y Ribera, José Casademunt, José Artigas, Olegario Vilageliú, José Buxareu, Carlos Gaurán, Magín Ríos y Mulet, José Rosé,  Narciso José Marín Bladó, José Limó y Fontcuberta, Román Grases, Modesto Fosas, Juan Torras y Elías Rogent) dirigieron el 22 de febrero de 1867 una exposición a la Academia para hacerla partícipe de los continuos agravios que venían sufriendo en esta provincia y el desconocimiento del Ayuntamiento Constitucional en ser asesorado por arquitectos. El caso de Rovira y Trías era evidente en este sentido, sobre todo cuando durante muchos años había proyectado todo lo relativo al servicio público  del municipio, había señalado las líneas y rasantes en todos los casos  de nuevas construcciones o reedificaciones y había sido consultado sobre todos los expedientes en los que había sido necesario sus conocimientos facultativos «devengando honorarios que cuando el servicio era á instancia de particulares estos los abonaban quedando así servido y no gravando el Ayuntamiento, y cuando á instancia de este se desarrollaba algun trabajo, siempre le tenia en consideracion de no ecsijir el mácsimo legal de sus honorarios».

Los arquitectos continuaron su carta exponiendo que el cese de Rovira y Trías venía del pretexto impuesto por el alcalde sobre que el puesto debía recaer en una persona con despacho en el ayuntamiento, cuando siempre que había existido algún aviso Rovira y Trías se había desplazado a la villa sin dilatación alguna para solucionarlo.  Sin embargo, esto no producía realmente la queja de los exponentes, ya que aún no estaba reglamentado el servicio municipal que prestaban los arquitectos de los ayuntamientos, sino que en sustitución de un arquitecto hubiera sido nombrado un maestro de obras cuando era contrario a la Real Orden de 28 de septiembre de 1845.

Dado que el arquitecto de la Provincia había reclamado justicia al Gobierno Civil y pasados un número considerable de días no había tenido respuesta ni se había tramitado el expediente correspondiente, los arquitectos solicitaron la anulación del nombramiento, que se pusiese coto a estos intrusismos y fuesen respetadas las atribuciones de los arquitectos. A ellos se sumó la Sociedad Central de Arquitectos, que enterada de la exposición dirigida a la Academia enviaron otra el 16 de marzo a fin de que se pusieran en práctica los medios legales necesarios para hacer desaparecer actuaciones de este tipo.

La Academia de San Fernando estudió en profundidad tanto la exposición de los arquitectos, la Sociedad Central de Arquitectos y la que había dirigido previamente Francisco Daniel Molina a Eugenio de la Cámara el 18 de febrero, exponiendo los insultos que habían recibido del maestro de obras los arquitectos Bladó y Fosas, incluso él mismo, así como la amenazas tanto particulares como de toda la clase de arquitectos en general. De todo ello, la Sección de Arquitectura celebrada el 13 de septiembre de 1867 formada por Álvarez, Cámara, Enríquez, Cachavera y Peyronnet declaró ilegal el nombramiento y propuso la anulación del mismo a fin de que se nombrase en su lugar un arquitecto con título, dictamen que sería aprobado por la Academia en la Junta Ordinaria del 16 del mismo mes.

Pero la vida le volvió a sonreír en 1872 al ser nombrado jefe de Edificación y Ornato de la ciudad de Barcelona.


Fuentes académicas:

Arquitectura. Cárceles, 1853-1861. Sig. 2-30-3; Arquitectura. Cementerios, siglos XVIII y XIX. Sig. 2-29-4; Arquitectura. Monumentos públicos, placas conmemorativas, lápidas, sepulcros, alineaciones urbanísticas, etc., siglo XIX. Sig. 2-28-3; Comisión de Arquitectura. Arquitectos, 1842. Sig. 2-12-1; Comisión de Arquitectura. Informes, 1839-1850. Sig. 1-30-5; Comisión de Arquitectura. Informes, 1846-1855. Sig. 1-30-2; Comisión de Arquitectura. Informes. Urbanismo. Monumentos conmemorativos, 1787-1876. Sig. 2-28-8; Libro de actas de las juntas ordinarias, extraordinarias, generales y públicas, 1839-1848. Sig. 3-90; Libro de actas de las juntas ordinarias, extraordinarias, generales y públicas, 1848-1854. Sig. 3-91; Libro de registro de maestros arquitectos aprobados por la Real Academia de San Fernando, 1816-1900. Sig. 3-154, nº 247; Sección de Arquitectura. Informes sobre Arquitectos municipales y provinciales, siglo XIX. Sig. 2-42-9.


Otras fuentes: Otras fuentes: Actas de la Junta Censoria convocada por el Excmo. Ayuntamiento con el objeto de examinar y edificar los proyectos presentados al mismo concurso para la formación de una plaza en el local que fue de PP, Capuchinos de esta ciudad (Memorias que acompañan los planos publicados por voluntad de sus autores). Barcelona: imprenta de Antonio Bruni, 1848.

Silvia Arbaiza Blanco-Soler
Profesor TU de la UPM


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