Inclán Valdés, Juan MiguelGijón, 1774 - Madrid, 1853


Nació en Gijón (Asturias) el 29 de noviembre de 1774 y murió en Madrid el 10 de mayo de 1853. Fue alumno del Real Instituto Asturiano, donde adquirió tan buenos principios de Dibujo que en ocasiones llegó a ser auxiliar de dicha asignatura durante seis meses.

A fin de cursar la carrera de arquitectura se trasladó muy joven a Madrid para matricularse como alumno en la Academia de San Fernando. En atención a sus circunstancias económicas, el 5 de junio de 1799 solicitó del Fondo Pío del Obispado de Oviedo o de cualquier otro organismo la cantidad de seis reales diarios que el colector general le venía suministrando desde el 12 de febrero de 1798 hasta finales de marzo de 1799, a fin de poder concluir sus estudios de matemáticas y arquitectura que llevaba emprendidos con mucho aprovechamiento. A su favor, el 5 del mismo mes Ángel de Santibáñez expuso a Bernardo Iriarte que la Mitra de Oviedo debía costear los estudios a este joven aplicado y prorrogarle la pensión que disfrutaba, informe que dio sus frutos porque en junio de 1799 el Rey le concedió seis reales de vellón a contar desde el 1 de abril anterior hasta finales de 1800 sobre la décima del fondo Pío Beneficial del Obispado de Oviedo.

Terminado el plazo de la pensión Santibáñez volvió a redactar el 15 de noviembre de 1800 un informe favorable a su recomendado para que esta vez le fuese prorrogada la beca más de un año y así evitar repeticiones. En esta ocasión, el Rey mandó que le fuera ampliada por otros dos años sin interrupción, es decir, desde el 1 de enero de 1801 hasta el 31 de diciembre de 1802.

Por espacio de cinco años asistió al estudio particular del director de la Academia Manuel Martín Rodríguez y posteriormente al de Manuel de la Peña y Padura, con quien se instruyó en la práctica de la profesión en varias obras a su cargo y aprendió entre otras muchas cosas el conocimiento y el uso de los materiales como la calidad de los terrenos.

El 13 de mayo de 1802 solicitó de la Academia de San Fernando su admisión a los ejercicios para la clase de  maestro arquitecto, presentando como prueba de pensado el proyecto de una «Casa de Aduanas y Administración general para un Puerto de mar habilitado, o Departamento indeterminado, con reunion de todas las ventas» o lo que es lo mismo «una Casa de comercio y contratación qe pudiese tener destino á esta corte», junto con el informe facultativo y el avance del coste que tendría la obra en caso de levantarse, además de la certificación de práctica librada por su maestro Manuel de la Peña y Padura.

La solicitud y el proyecto de Inclán fueron examinados en la Junta Ordinaria del 13 de mayo, momento en que se decidió que pasasen a informe de la Comisión de Arquitectura. En su Junta del 25 del mismo mes dicha comisión censuró los seis diseños de la casa de comercio y contratación, pero no halló los dibujos con el mérito suficiente para que su autor pasase a realizar las demás pruebas reglamentarias. Realizada la votación secreta, de los 7 vocales que se hallaron presentes sólo uno estuvo a favor del pretendiente, resultados que llevaron a la Academia a comunicar al interesado que profundizase en el estudio de su arte para poder volver a presentarse.

Posiblemente, con este objeto y para que pudiera perfeccionar sus estudios le fue concedida en 1802 una pensión, beca que a finales de este año pretendía le fuera prorrogada por otro año con seis reales de vellón diarios sobre el fondo pío beneficial de la Mitra de Oviedo hasta ser verificado su examen y aprobación en la clase de arquitecto. El 27 de diciembre el Rey le concedió dicha prórroga comenzada el 1 de enero de 1803, pero le advirtió que no volviera a solicitar la pensión porque le sería denegada.

En este mismo año de 1803 presentó como prueba de pensado para recibirse en la misma clase los diseños de otra Casa de aduanas para un puerto de mar (del A-1035 al A-1040), con su informe facultativo y el cálculo del coste del edificio. En vista del mérito de la obra fue admitido al resto de los ejercicios de reglamento en la Junta Ordinaria del 5 de junio de 1803, fecha en la que le sortearon los programas de repente. De entre ellos escogió «Un templo de cruz latina de ambito proporcionado para 360 vecinos en planta, alzado, y perfil geométrico», ejercicio inventariado bajo el título de Una iglesia parroquial (A-3813) que trabajó el 6 de junio.

A la Junta Extraordinaria del 10 de junio de 1803 asistieron como vocales los profesores Aguado, Cuervo, Varas y Bosarte, este último en calidad de secretario. Cotejada las  obra de pensado con la de repente que el interesado explicó una vez entrado en la sala, se procedió a la realización del examen teórico. Inclán contestó a las preguntas que le hicieron los examinadores sobre sus obras y las partes esenciales de la teoría y práctica de la profesión, y satisfechos los profesores con las obras ejecutadas y las contestaciones dadas a las preguntas formuladas le hallaron con mérito para ostentar el título de maestro arquitecto, grado que le fue concedido en la Junta Ordinaria del 3 de julio de 1803.

El 24 de febrero de 1804 remitió a la corporación académica un oficio exponiendo que: «habiendosele encargado por algunos debotos, los Diseños de una Yglesia Parroquial pª el Lugar de Matá [...] Montaña de Santander, de qe al presente carecen enteramte por la desmembracion de Parroquias qe se hizo; teniendo presente no solo qe esta Ygª ha de ser lebantada a debocion de aquel vecindario, y piadosas limosnas de los caballeros naturales de este pueblo, qe contribuyen con el mayor celo a tan buena como ingente obra, sino tambien al numº de vezs, husos y costrumbres del pais, materiales de qe abunda, con lo mas qe al intento pudiese combenir: Ideo la presente, alzados y perfiles qe en un solo papel presentó a V.E. a fin de qe examinado su pensamto Recaiga sobre el, las correcciones y enmiendas qe por bien se hallen».  La Junta de la Comisión de Arquitectura aprobó el dibujo en su junta celebrada el último día de febrero mientras que la Academia lo hizo en la Junta Ordinaria del 8 de marzo de 1804.

Al año siguiente remitió otros cuatro diseños en borrador para la construcción de una iglesia parroquial en Gijón (Asturias), que fueron igualmente aprobados por la Comisión de Arquitectura el 30 de marzo de 1805. 

El 25 de abril de 1806 Pedro Ceballos comunicó a la Academia en nombre del Rey que Inclán había acudido a S.M. solicitando su admisión a los ejercicios para la clase de académico de mérito, petición que el Rey había tenido a bien concederle. No debió de aprobar por cuanto que el 21 de marzo de 1814 volvió a solicitar dicha graduación alegando concurrir en su persona los requisitos exigidos en el reglamento y la aprobación de cuatro proyectos públicos presentados a censura de la Academia: la iglesia parroquial para Mata en la montaña de Santander (1804); la iglesia  parroquial del pueblo de su nacimiento y villa de Gijón en Asturias, presentado el 28 de marzo de 1805, y el tabernáculo para la iglesia mayor del Puerto de Santa María (Cádiz), aprobado el 4 de noviembre de 1807 con la prevención de que no interrumpiese el arquitrabe interior con las fajas verticales sino que las girase continuando por dentro como por fuera,  cuyos diseños en limpio fueron aprobados definitivamente el 29 de octubre de 1807. Del mismo modo, alegaba que la Comisión de Arquitectura reunida el 2 de junio de 1808 le había aprobado los diseños en borrador para la construcción de la sala capitular de la iglesia de Córdoba, aunque no así el lugar propuesto para su ubicación, comisión que desempeñaba con acierto desde el 5 de junio de 1808.

Vistos estos méritos fue admitido a los ejercicios reglamentarios, siéndole sorteados los programas para disertar el 3 de abril de 1814. Le tocaron en suerte los números 3, 13 y 27, de los cuales eligió el primero: «De la situación local de los Hospitales en una Corte y lo qe se deberá tener presente pª su cómodo uso, ventilación y aislar las enfermedades contagiosas». El discurso académico fue entregado al secretario José Munárriz a primeros del mes de mayo con arreglo al acuerdo tomado por la Academia y en el término de dos días José Munárriz lo pasó a cada uno de los individuos que componían la junta de examen. Antonio Aguado lo devolvió corregido el 6 de mayo, Juan Antonio Cuervo el 7, Julián Barcenilla el 11 y José Miguel de Toraya el 13 por orden de Antonio de Varas.

La Junta de examen se reunió el 21 de mayo de 1814 asistiendo a ella los profesores Francés, Aguado, Cuervo, Barcenilla, Toraya, Varas y Munárriz. Realizada la prueba demostrativa se procedió a la votación secreta con arreglo a los estatutos y al obtener 24 votos a su favor, le fue concedió el grado de académico en la Junta Ordinaria del 5 de junio de 1814.

Muy importante en estos momentos fue la labor desarrollada por la Comisión de formación de Ordenanzas facultativas para la construcción y reforma de edificios en la Corte, que partiendo de las Ordenanzas Urbanas de Madrid de Teodoro de Ardemans (1719) tuvo su primera junta el 11 de junio de 1814. Muchos fueron los profesores que intervinieron en la formación de estas nuevas ordenanzas, como Alfonso Rodríguez, Manuel de la Peña y Padura, José Folch, Antonio López Aguado, Julián Barcenilla, Manuel González Montaos, Isidro Velázquez, el conde de Moctezuma, Juan Antonio Cuervo o el propio Juan Miguel de Inclán. Entre 1814 y principios de 1819 esta comisión abordó cada uno de los capítulos incluidos en el tratado de Ardemans, a veces manteniéndolos y otras modificándolos en función de las circunstancias y las necesidades de la población. Dentro del ámbito constructivo, se acordó que los cimientos de los edificios de nueva planta se construyesen sobre terreno firme, dándoles la suficiente profundidad y cuatro pies de grueso de buena mampostería de pedernal, o piedra sólida con mezcla de cal y arena hasta la superficie del plan del terreno. A continuación, se sentaría un zócalo de cantería de piedra berroqueña de buen grano resultando dos hiladas descubiertas en el punto más elevado, continuando con lo que pidiese el desnivel de la calle sin que faltasen las dos hiladas en todos los puntos del descenso de la calle. Sobre él descansaría con el mismo grueso de tres pies, la altura del piso bajo hasta la imposta de buena fábrica de ladrillo y cal, con los arcos del propio material en todos los huecos de puertas y ventanas sin umbrales ni entramados de madera, a no ser que algún caso extraordinaria obligase a introducir los umbrales con dicho material Seguidamente, se retranquearía un cuarto de pie en el piso principal por el interior hasta el segundo piso, continuando éste en dos pies y medio hasta recibir el alero que sería de madera descubierta, a no ser que fuera de piedra el cornisamento, compuesto de solera moldeada, modillones o canecillos, así como coronada con un canalón de plomo u hojalata bien afianzado para poder recoger las aguas de la cubierta y con vertederos a fin de arrojar fuera de la acera el agua de lluvia.

En la Junta celebrada el 11 de febrero de 1815 se trataron las medianerías de los edificios en el capítulo 4º, teniendo presente que las paredes medianeras debían ser a partir de ahora unos verdaderos cortafuegos para poner a cubierto las casas contiguas de los incendios. Su material, altura y grueso debían arreglarse en una instrucción emitida por el ayuntamiento o las cabezas de partido, siendo los vecinos quienes debían contribuir a partes iguales en su construcción. Se prohibió que una pared de medianería se redujese a una cítara o un cerramiento por convenio de los medianeros, pues su función no sólo era separar las posesiones sino precaverlas de los incendios. Por ello, las medianerías entre casa y casa se construirían desde entonces con fábrica de mampostería y mezcla de cal y arena del grueso de 2 pies y medio hasta hallar el terreno firme y desde el pavimento con buena fábrica de ladrillo y cal del grueso de 2 pies hasta la altura de nueve, cubriéndose con albardilla de baldosa, rasilla o teja con la vertiente de las aguas.

Gracias a este documento sabemos que «Según la antigua fundacion de Madrid las paredes de medianeria en su cuerpo vajo se hallan construidas la mayor parte de tierra, algunas de machos de ladrillo con cajones de la misma, y otras por lo estrecho de sus posesiones estan reducidas a un solo tabicon entramado y el resto de sus elevaciones se componen, ô bien de un tabique comun que sirbe de cerramiento, ô de dos unidos y pertenecientes cada uno á su respectiva posesion. Se resiente la medianeria vaja amenazando ruina, y espreciso para construirla de nuevo, apear los tabicones de las altas de las quales suelen cargar sueltas de una posesion a un vecino carga mas alturas que el otro […]».

Por otro lado, no se podían usar en las guardillas entablados, aunque no fuesen vivideras, solándose siempre de ladrillo mientras en caso de ser vivideras se forjarían con cielos rasos oblicuos al estar menos expuestos a incendios que los pares y las tablas descubiertas con sus correspondientes faldones sin cadenas de madera, pero llevando sus respiraderos o chimeneas fuera de los tejados.

Entre otros puntos abordados figuraban las callejuelas y callejones entre dos casas vecinas, perjudiciales y numerosos en Madrid desde antiguo, que iban desapareciendo o siendo suprimidos; la forma de fabricar los hornos sin peligro del vecino, las prevenciones sobre los hogares, chimeneas y estufas; los sótanos y cuevas; la fabricación de los pozos y la ejecución de las norias y estanques; el rompimiento de los pozos y las norias de las aguas claras, como las que servían de depósito para las aguas inmundas; los conductos y albañales; la situación en una ciudad ordenada de los oficios que tuviesen fraguas, hornos y calderas; las fuentes públicas y particulares; el valor de los solares en la villa; los valores de las manzanas, desde la 1º a la 557 inclusive; el vuelo de los balcones; la fábrica de las fachadas, las buhardillas y antepechos; las observaciones y precauciones para librar a los edificios de los incendios e impedir su propagación; los solares yermos; las casas labradas frente a los monasterios; el aumento de las casas bajas conforme a la última Real Previsión de 20 de octubre de1788, en que SM, atendiendo a la carestía de los solares y la falta de habitación para acoger el aumento de la población había mandado a los dueños construir casas habitables, librándoles de la Regalía de Aposento por espacio de 50 años.

Al año siguiente, la Junta Particular del 17 de febrero de 1815 nombró a Inclán vocal de la Comisión de Arquitectura para los años 1815 y 1816 junto con Juan Gómez al no haber aceptado el cargo Isidro Velázquez por sus muchas ocupaciones al servicio del Rey. No obstante, Inclán remitiría una carta a la Academia el 21 de febrero comunicando «no poder admitir el honor pue la Rl Academia se há servido dispensarme concediendome el citado encargo de Vocal de la Junta de Comision, en atencion á que aun para atender al desempeño de las obligaciones de mi empleo én servicio de S.M., me falta el tiempo necesario, y por consiguiente mucho menos podría proporcionar mi concurrencia al desempeño del citado encargo de vocal de la Junta, como deseára». Meses más tarde remitió dos diseños para la reedificación de una parte de la fachada y el templo del monasterio de Benedictinos de San Juan en Burgos arruinados por la explosión del Castillo, los cuales serían aprobados finalmente por la Comisión de Arquitectura el 3 de julio de 1816.

A mediados de 1815 el Ayuntamiento de Madrid solicitó de la Academia el nombramiento de tres arquitectos académicos que reconociesen las dos casas que por la Puerta del Sol se distinguían con el nº 6 de la Manzana 380 y la nº 2 de la Manzana 381, las cuales determinaban la estrecha callejuela a la que llamaban calle del Cofre. Era importante saber si era necesario ensanchar o cerrar la callejuela en la Puerta del Sol y si sus fachadas eran sólidas como lo exigía la seguridad pública. Para acompañar a Antonio López Aguado en este cometido, por entonces arquitecto mayor de Madrid y director general, fueron nombrados Juan Antonio Cuervo, Alfonso Rodríguez y Juan Miguel de Inclán, quienes realizaron el reconocimiento el 20 de junio ejecutando el correspondiente informe el 2 de agosto de 1815. Los arquitectos pusieron de manifiesto la estrechez de la calle, sólo de 8 pies y tres cuartos; que las casas pertenecían al mismo dueño, pero portaban diferente decoración; que sus fachadas estaban en parte arruinadas y desplomadas con construcción entramada en varios puntos y pies derechos de madera descansando sobre basas de piedra berroqueña, todo lo cual daba como resultado la existencia de faltas respecto a las providencias y disposiciones del buen gobierno de las fábricas como en cuanto a Policía Urbana.

En 1816, Inclán remitió dos planos en limpio para la reedificación de la fachada del templo del Real Monasterio de monjes Benitos de San Juan a extramuros de la ciudad de Burgos que serían aprobados por la Comisión de Arquitectura el 3 de julio de ese año al hallarlos conformes a los buenos preceptos y reglas de la arquitectura. Respecto a esta obra, el año anterior y siendo aún discípulo de la Academia Marcos Arnaiz había remitido a censura el proyecto de la nueva fachada para este templo, una iglesia de construcción gótica que tenía 3 naves, la principal de 34 pies de ancho y 60 de alto mientras que las dos laterales más bajas de 20 pies de ancho. Hacía años que la fachada principal de la iglesia tenía una quiebra de consideración y se hallaba arruinada completamente tras la explosión y destrucción del fuerte en 1813, aunque el resto del templo había quedado completamente intacto. En vista de que la comunidad religiosa quería construir una fachada de nueva planta aprovechando los materiales útiles de la ruina y según fuese teniendo los medios necesarios para ello, encargó a Arnaiz el plano de la misma, que presentó en 1815 con un coste de 87.000 reales de vellón. La obra fue examinada por la Comisión de Arquitectura el 9 de diciembre de 1815, momento en que se  acordó que «la colocacion del relox, nó es la mas propia deviendo situarse en una de las torres por no parecer facil él que las pesas vajen por medio del hueco de la Ventana de medio punto y qe la Escultura colocada en esta, puede situarse en sitio mas analogo, sin perder de vista que la direccion de esta obra debe encargarse á Profesor aprobado de los mejores conocimientos, con cuyas prevenciones puede la Academia aprobar este pensamiento».

En las juntas ordinarias del 11 de diciembre de 1816, 15 de diciembre de 1822 y 7 de noviembre de 1824 Inclán fue nombrado respectivamente teniente director de los estudios de Arquitectura, director teniente efectivo y secretario del Estudio de la calle Fuencarral, aunque no hay que olvidar que anteriormente había sido vocal de la Comisión de Ordenanzas Municipales y secretario del Plan de Estudios Artísticos.

El 27 de enero de 1818 llegó a la Academia un expediente formado por el celador de Policía Urbana del cuartel de San Jerónimo de Madrid, relativo al estado ruinoso que presentaba la torre del convento de la Victoria. Solicitaba el nombramiento de una comisión de académicos de mérito que, previo reconocimiento de la obra, manifestasen en un informe las obras que eran necesarias para que quedase asegurada la obra, ya que se encontraba en uno de los lugares más concurridos de la ciudad y de continuo tránsito de SS.MM. Enterada la corporación del asunto, el viceprotector nombró el 28 de enero de 1818 al director de arquitectura Juan Antonio Cuervo, los directores honorarios Julián de Barcenilla e Isidro Velázquez y al teniente director honorario Juan Miguel de Inclán para que los cuatro reconociesen inmediatamente la torre e informasen a la Academia cuanto antes sobre la solidez de la misma. De entre ellos, Isidro Velázquez se excusó de no poder realizar los trabajos el 30 del mismo mes con las siguientes palabras: «tanto las obligaciones de  mi destino en Rl servicio, como otras particulares de que no puedo prescindir, por pertenecer tambien a la Rl Servidumbre, no me dejan libre aun el corto tiempo necesario para alimentarme, debiendo ocuparme tambien por lo mismo algunas horas de noche, sin que a pesar de esto, y de mi natural actividad pueda llenar las principales obligaciones en que me hallo constituido presentemente; por lo cual me es absolutamente imposible poder asistir á la practica del reconocimiento de que se trata [...]». Dado que Velázquez no podía realizar el reconocimiento tan sólo podían sustituirle Ramón Alonso (imposibilitado), José Agustín de Larramendi, Juan Gómez, Bernardo Badía, Juan Francisco Rodrigo, José Joaquín de Troconiz y Manuel de la Peña y Padura, a quien se nombró el 31 de enero de 1818.

Dada la urgencia del caso, los arquitectos llevaron a cabo el reconocimiento de la torre y su correspondiente informe el 3 de febrero de 1818. Se percataron que el origen de las quiebras se debía a varios motivos:  su antigüedad, las diferentes materias con las que estaba construida, los ladrillos que se encontraban remolidos al lado de las quiebras y por último a la unión de las tapias de tierra y los cajones de mampostería con que estaba hecha la fábrica. Por todo lo expuesto estaban a favor de la total demolición de la torre a favor de la seguridad pública. El 14 de febrero de 1819, Custodio Moreno remitió el proyecto en borrador de la reedificación de la torre entramada sobre los muros del cuerpo bajo existente en la antigua torre que acababa de demolerse en el convento de los Padres Mínimos de San Francisco de Paula (La Victoria) de Madrid, pensamiento que sería aprobado en la Junta Ordinaria del 20 de febrero de 1819 en cuanto a su aspecto formal, no así el material con el que la había ideado al ser un cometido de la Policía Urbana del Excmo. Ayuntamiento.

Asimismo, a principios de 1818 fue remitido a la corporación académica el expediente litigioso promovido ante el corregidor de Alcalá por el síndico de PP. Capuchinos de aquella ciudad contra Matías Gallo, vecino y perteneciente al comercio de la misma. El asunto radicaba en que este comerciante había levantado una casa con perjuicio y registro de la clausura de los Capuchinos y ante dicha obra existían dos informes contradictorios: uno elaborado por Juan Antonio Cuervo y otro por Sebastián de Ascuaga. En vista de esta diferencia de pareceres la Comisión de Arquitectura reunida el 28 de abril de 1818 acordó comisionar al director Alfonso Rodríguez y al teniente Juan Miguel de Inclán para pasar al sitio en cuestión, estudiar ambas posesiones, los perjuicios que se reclamaban, el modo de remediarlos y elaborar el correspondiente plano, informe y cuanto estimasen conveniente para la mayor comprensión de la Academia.

Ambos arquitectos cumplieron el encargo porque en la Junta de la Comisión de Arquitectura del 4 de agosto se reseña que habían pasado a la ciudad de Alcalá, que habían examinado los expedientes elaborados por Cuervo y Ascuaga y reconocido la nueva obra construida por Gallo advirtiendo que «aún cuando la tapia de medianeria que divide ambas posesiones se elevase á la altura prevenida por ordenanza no se evitaría el registro en lo principal de la Huerta, Noviciado, Corredor de recreacion y demas partes alli constituidas y solo serviria para impedir la ventilacion tan recomendables á la salubridad, á cuyo efecto y para mejor instrucción de la Academia y su Comision habian formado el plano que acompañaban». Ante estas conclusiones, la Comisión de Arquitectura acordó que Matías Gallo debía demoler la parte nuevamente labrada por el perjuicio que causaba al registro de la clausura y a su ventilación.

La Junta de la Comisión de Arquitectura celebrada el 23 de febrero de 1820 despachó otro expediente remitido por el corregidor de Madrid sobre el rompimiento de unas ventanas de medianería ejecutado por Ángel González, dueño de la casa nº 25 de la calle Valverde con vistas al jardín de otra posesión, núms. 18 y 19 por la calle del Barco. Dada la solicitud hecha por el arquitecto mayor Antonio López Aguado, la Academia acordó nombrar una comisión conformada por los arquitectos Alfonso Rodríguez, Juan Miguel de Inclán y Custodio Moreno, cuyas declaraciones sirvieron para que el académico resolviese el asunto.

Volveremos a saber de Inclán cuatro años más tarde a raíz del expediente estudiado por la Comisión de Arquitectura el 31 de mayo de 1824 relativo a si debía o no permitirse el horno ubicado en la casa nº 22 de la calle de Santa María del Arco en  la Manzana 313, perteneciente a Vicente Perate como marido de Segunda Postigo. La Comisión de Arquitectura no pudo manifestar su parecer sin antes ver el lugar, para cuyo fin nombró a sus vocales Inclán y García Rojo, como a su secretario Julián de Barcenilla quienes realizaron los informes pertinentes. Cotejados estos estudios con las certificaciones elaboradas por los académicos Custodio Moreno y Zengotita Vengoa el 10 de noviembre anterior y 24 de febrero último respectivamente, la Comisión de Arquitectura acordó que el expresado horno podía permanecer en el lugar donde se hallaba sin riesgo, peligro o incomodidad de las casas antiguas si previamente se llevaban a cabo las obras manifestadas por Zengotita, «mas el aumento de una Guardilla sobre el faldon de la armadura que bierte al Patio en cuyos terminos quedaria mayor altura desde la estufa que la prevenida por Ordenanza y sin la menor exposicion si cuidan al mismo tiempo de desollinar el cañon aun mas á menudo de lo que tiene prevenido el gobierno».

Por entonces, la Comisión de Arquitectura censuró otro expediente de un horno, en esta ocasión el ubicado en la casa de la calle de la Magdalena alta señalada con el nº 12 en la Manzana nº 470, propiedad de Antonia y Catalina del Cerro. Las dueñas solicitaron de la Academia su uso, a cuya petición fueron nombrados los vocales anteriores para llevar a cabo el informe pertinente. Este coincidió con el parecer de Juan Antonio Cuervo, teniente y arquitecto mayor del Ayuntamiento de Madrid y director de la Academia que había dado su parecer en un informe fechado el 13 de enero anterior. Vistos unos y otros, la Comisión reunida el 31 de mayo fue del parecer que «el expresado horno no debe existir por mas tiempo en aquel punto por los perjuicios que puede causar á las casas medianeras y aun á las demas convecinas de toda la Manzana».

Al año siguiente la Junta de la Comisión de Arquitectura celebrada el 29 de julio de 1825 comisionó a Inclán junto con Juan Gómez, Joaquín García Rojo y Pedro Nolasco Ventura para ejecutar el reconocimiento de las casas nº 1-11 inclusive de la calle de la Vidrería a las Velas y plaza Real pertenecientes a la Manzana 196. Dicho cometido fue solicitado por la Policía Urbana a través del corregidor de la villa, León de la Cámara, el cual solicitaba varios sujetos de la confianza de la Academia que pudieran personarse en el lugar para elaborar el informe de las citadas viviendas.  Los trabajos costaron a los respectivos propietarios 120 reales de vellón por cada una de las casas, lo que significó la cantidad total de 1.300 reales de vellón. No obstante, se vería también otro expediente remitido por el mismo Juzgado para el reconocimiento de 6 casas en la calle Mayor, portal de Manguitero, señaladas con los números 7, 8, 9, 0, 10 y 11 de la Manzana 388 que siguieron la misma suerte que el anterior. Pero estos no serían los únicos reconocimientos que haría Inclán, ya que en 1826 y por indisposición del viceprotector, el consiliario y secretario Martín Fernández de Navarrete le encargaron en colaboración con Custodio Teodoro Moreno el de la casa llamada Fonda del Ángel, situada al frente de la plazuela de este nombre, entre las calles de Carretas y de la Cruz.

El 26 de abril de 1826 comunicó a la Academia haber sido purificado por la Suprema Junta de Purificación, mismo año en el que fue comisionado para elaborar los diseños de la torre y las obras que debían efectuarse en la iglesia de Saceruela (Ciudad Real), después de haber sido reprobados los formados por el maestro Ramón Trujillo.

Desde 1827 a 1846 ostentó el cargo de vicesecretario de la Academia, cargo que le había sido concedido por real orden en la Junta Ordinaria del 17 de junio de 1827. Meses más tarde se vio en un escrito fechado en Madrid el 31 de agosto el importante regalo que había hecho a la corporación académica de varios dibujos en marcos con cristales y lo que se le debía por ello: «Al Sor. Dn. Juan Miguel de Ynclan por el Marco que hizo/ Dn. Valentin Urbano, por su orden para el dibujo del Cenota-/fio que delineo dho Dn. Ventura Rodriguez, pa. las exequias del/Sor. Rey Dn. Carlos 3º en el convto. de Monjas de la Encarnacion, y/ el Cristal para dho Marco....,, 080».

Durante este año de 1827, la Comisión de Arquitectura celebrada el 21 de marzo le comisionó junto con Juan Gómez para elaborar el informe y reconocimiento del estado de seguridad de la casa de la Puerta del Sol entre la calle de Arenal esquina a las del Cofre y de la Zarza, distinguida con el nº 1 de la Manzana 381 (Madrid). Asimismo, el 2 de mayo fue nombrado junto con Juan Gómez para hacer el reconocimiento exterior e interior de una casa en la calle de Carretas con accesorios a la de Majaderitos, nº 10 de la manzana 208, a fin de que la fachada fuese segura y merecedora de una decoración con un revoco adecuado. El asunto tenía su orígen en la equivocación del arquitecto teniente mayor, que creyendo que la casa hacia esquina a las dos calles había concedió la licencia para efectuar el revoco exterior, cuando realmente la casa no hacía esquina sino que, formando escuadra, abrazaba las dos calles. Los arquitectos realizaron el informe y llegaron a la conclusión que «no solicitandose otra mayor obra de seguridad en la fachada Ce de Majadericos que la de un simple reboco y arreglo de sus rebentones en el macho de medianeria del segundo cuerpo, no encuentran inconveniente qe impida la precipitada operación de mayor aseo [...]»

En 1828 proyectó el retablo en mármoles finos para la ermita de Santa Quetaria a extramuros de Olivenza (Badajoz), cuyos diseños fueron aprobados por la Comisión de Arquitectura el 20 de febrero y por la Academia en la Junta Ordinaria del 24 de ese mismo mes. En este mismo año se encargó junto con Custodio Moreno y Juan Antonio Cuervo de estudiar personalmente el expediente relativo a solucionar los daños producidos por los sucesivos terremotos ocurridos desde 1826 en la ciudad de Granada y emitir las normas que debían seguirse a la hora de construir los edificios en la ciudad y su vega.

Atendiendo a la memoria formada por la Intendencia de Policía de Granada, los informes solicitados a la Sociedad Económica de Granada y su Ayuntamiento como el acuerdo tomado por la Real Chancillería, dichos arquitectos señalaron varios puntos a seguir:

  1. La prohibición de edificar obras de nueva planta superiores a dos pisos, es decir, bajo y principal, a fin de evitar desplomes.
  2. Dar a los cimientos la mayor solidez, trabazón y profundidad evitando su forma escalonada por el terreno.
  3. La construcción de las fábricas de fachada exteriores e interiores como las traviesa y de carga con sujeción a entramados inmediatamente a la elección de cantería, en dos hiladas por lo menos para las primeras con botoneras por cuadrado.
  4. Evitar la armadura de par e hilera debiendo ser toda la armadura entablada a junta y cubierta con planchas de plomo o pizarra, materiales que debían sustituir a la teja común. En este punto se especifica que tanto los aleros de las fachadas como de los interiores deben construirse con maderas descubiertas, debiendo componerse de «solaros», canecillo y corona.
  5. Evitar los cuerpos salientes, balcones y volados, prohibidos totalmente, y en caso de colocar balcones de hierro que no excedan de 1 pie.
  6. Que el «pozo de Airon» construido por los sarracenos en la ciudad de Granada y que entonces se encontraba obstruido o cerrado debía cuidarse porque era uno de los medios más interesantes que proponía la física para aminorar los efectos de los terremotos. Además, no sólo debía cuidarse su rehabilitación, sino que al ser un punto a tener en cuenta era necesaria la construcción y conservación de pozos de aguas claras en todos los edificio y casas particulares.
  7. En función de los materiales y la construcción de este Reino debía formarse un reglamento particular, sujetándose las fábricas y los materiales de ladrillo cocido y crudo o secado al sol según se creyese más conveniente en la forma, modo y materias de su elaboración, señalándose los marcos de las maderas y su clase como los gruesos de las fachadas que podían ser de dos y medio pies en el cuerpo bajo y dos y cuarto en el principal.
  8. La obligatoriedad de practicar un reconocimiento general de los edificios existentes a fin de examinar sus daños, acudir a su reparación y suprimir los cuerpos excesivos que en ellos existan.
  9. Formar un plan de alineación y ensanche de calles proporcionando a sus manzanas el mayonúmero posible de plazas anchas. Respecto a este punto y valiéndose del plano levantado en 1796, se anotarían los edificios más humildes y de menor valor para la elección de dichas plazas, corte de calles y alineaciones expresadas.  
  10.  Necesidad de nombrar una junta o comisión que autorice todas estas obras.
  11. Nombramiento de un arquitecto académico de mérito que se traslade en comisión a la ciudad de Granada como principal director de todas estas operaciones artísticas que ayude a la formación del reglamento de construcción y cuyos trabajos sean auxiliados por la Comisión de Arquitectura hasta su más completa conclusión.

Dicho expediente fue aprobado por la Comisión de Arquitectura el 5 de mayo de 1828, siéndolo finalmente por la Academia el 11 del mismo mes.

A mediados de 1828 el Infante Don Carlos le concedió a Inclán 40 días de licencia para pasar a Trillo y tomar baños, en cuya ausencia hizo las veces de secretario de la Comisión de Arquitectura Juan Gómez, por entonces académico y vocal de dicha comisión. En estos momentos la Junta Ordinaria del domingo 24 de agosto le aprobó sus diseños en planta y alzados para la continuación y ampliación de la nueva iglesia parroquial de Santa María en Sigüenza, templo cuya fábrica había comenzado hacía 28 años y aún no estaba concluida.

Al mes siguiente se vio el expediente remitido por Francisco Javier de Ojeda el 29 de agosto referente a la queja y petición del administrador del Real Sitio del Buen Retiro, con motivo del escrito calumnioso del capataz de fontanería de las obras de minados ejecutadas por los PP. de Atocha, las cuales estaban perjudicando el Real Sitio. Con ello solicitaba que un individuo de la Academia ejecutase el reconocimiento de las mismas e informase sobre el asunto, cometido que la Junta de la Comisión de Arquitectura del 17 de septiembre de 1828 encargó a Custodio Moreno y Juan Miguel de Inclán. Los arquitectos elaboraron el correspondiente informe la mañana del 12 siendo evacuado a la comisión ese mismo día.

Entre 1829 y 1831 fueron remitidos y aprobados por la Academia los siguientes proyectos suscritos por Inclán: la nueva espadaña-torre de la iglesia parroquial en la villa de Higuera de la Serena (Badajoz) que debía ubicarse en el mismo local que ocupaba la que se había mandado derribar por ruina, aprobado por la Comisión de Arquitectura el 15 de diciembre de 1829 y por la Academia en la Junta Ordinaria del 27 del mismo mes; los diseños del camposanto para Antequera (Málaga), aprobados  por la Comisión de Arquitectura el 4 de junio de 1830 y por la Academia en la Junta Ordinaria del 13 del mismo; la iglesia del pueblo de Barcina de los Montes (Burgos) y el proyecto para el aumento del coro, tribunas, órgano y música de la catedral de La Laguna (Tenerife), ambas obras aprobadas en la Junta Ordinaria del domingo 21 de agosto de 1831.

Al año siguiente y a consecuencia de una petición del juez protector de los Santos Lugares que pedía a la Academia por lo menos uno o dos profesores que reconociesen y realizasen una certificación de una «Ce. del Prado», fueron nombrados Inclán y José Joaquín de Troconiz, encargo que sería notificado en la Junta Ordinaria del 1 de julio de 1832. Pero antes de finalizar el año, la Academia aprobó a Inclán varios trabajos y le encargó otros nuevos. Entre los primeros se encontraban los diseños para la cárcel pública de la ciudad de Antequera (Málaga) aprobados en la Junta de la Comisión de Arquitectura el 11 de septiembre y el dibujo de la iglesia de la villa de Segura (Tarragona) que lo fue en la Junta Ordinaria del 16 del mismo mes. En cuanto a los segundos, el 15 de diciembre de 1832 fue remitido a la Academia un oficio del Supremo Consejo de la Guerra sobre el estado ruinoso de su edificio, cuyo reconocimiento sería encargado también a Inclán Valdés. Todo había acontecido a las seis y media de esa mañana, momento en que en parte del techo de un despacho se observaron algunas grietas en las paredes maestras que hizo necesario su correspondiente reconocimiento. Inclán manifestó en su informe «que el estado del edificio, particularmente en la parte que coje la Secretaria, podía ser de gravedad, indicando lo conveniente que sería el que por la Academia se nombrase una comision de su seno que reconociese y manifestase el estado en que se halla el referido edificio [...]». Ante esta situación, la Junta Ordinaria celebrada la tarde del 16 de diciembre acordó que los directores y tenientes directores reconociesen el edificio el martes 18 por la mañana, a fin de informar al Consejo cuanto antes y llevar a cabo las obras oportunas.

A través de la Junta de la Comisión de Arquitectura celebrada el 22 de enero de 1833 tenemos constancia que Inclán era profesor de Pedro García, Carlos Bosch, Francisco Javier Berbén, Domingo Aguirre, Juan Ribera, Manuel Abad, Juan Manuel Caballero y Antonio López Parra. Dada la aplicación de estos discípulos verificaron un viaje artístico al Real Sitio de San Lorenzo a fin de engrandecer «su espiritu y conocimientos con el examen y medida de aquel suntuoso y memorable edificio, deseosos de manifestar de algun modo el fruto de su expedición». Para ello eligieron el hermoso templete del Patio de los Evangelistas, la casa de campo del célebre Villanueva y la iglesia parroquial del Escorial de Abajo obra de Francisco de Mora, discípulo de Juan de Herrera, edificios que midieron con exactitud y fidelidad poniéndolos en limpio para presentarlos a la Academia a fin de que la corporación viera sus méritos y algún día pudieran ser admitidos como profesores. La Comisión estudió cada uno de los dibujos y vio con satisfacción el esfuerzo que habían hecho todos los alumnos, y acordó que fuese la Academia la que considerase la forma y el modo de poderlos gratificar.

Por medio del Ministerio de Hacienda se dirigieron a la Academia en 1833 las propuestas que habían sido elaboradas para el destino de arquitecto de la Real Hacienda a través de la Dirección General de Rentas y el intendente de esta Provincia, las cuales fueron acompañadas de una instancia presentada por varios profesores en solicitud de otros tantos destinos. El envío de las propuestas tenía como objeto que la Academia decidiese cuál de los artistas era el poseedor del mayor mérito para ocupar dichos cargos. Realizado el primer escrutinio, Inclán Valdés y Pedro de Zengotita Vengoa obtuvieron el mayor número de votos, pero en la segunda votación Inclán obtuvo 11 y Zengotita sólo 9, resultados que fueron inmediatamente enviados al Ministerio de Hacienda.

El 8 de marzo de 1834 se vio que los tenientes directores de arquitectura, Juan Manuel de Inclán y Custodio Moreno se hallaban, según el Estatuto XI, con los honores de director. El primero era académico de mérito desde el 5 de junio de 1814 y teniente director desde el 5 de diciembre de 1816, ostentando la propiedad desde el 15 de diciembre de 1822. También que había sido destinado siempre como vocal de la Comisión de Arquitectura, en cuyo cargo había redactado las ordenanzas de Policía Urbana como otros reglamentos facultativos. Que llevaba 18 años en la enseñanza de Aritmética y Geometría de dibujantes, cuyo tratado había compuesto el mismo junto con el de Geometría práctica y que recientemente impartía la clase de Arquitectura supliendo las enfermedades y ocupaciones de los directores. Por último, que era secretario de la Academia por real nombramiento del 16 de mayo de 1827 y como teórico era el autor de los «Apuntes para la historia de la Arquitectura y observaciones sobre la que distingue con la denominación de Gótica» realizados en 1833. 

El segundo pretendiente, Custodio Moreno, era electo como académico de mérito desde el 2 de octubre de 1814 y teniente director por S.M. desde 1818, habiendo obtenido la propiedad en 1822. Desde 1818 dirigía en los Estudios la clase de Aritmética, Geometría de dibujantes y Geometría práctica, mientras que por las mañanas había establecido para algunos discípulos una sala particular para la enseñanza de la Arquitectura en la Academia. Además, había sido y era vocal de la Comisión de Arquitectura, la Junta de exámenes de académicos de mérito, arquitectos, maestros de obras, agrimensores, etc.

La propuesta de la Corporación a favor de estos dos individuos fue elevada al Rey a fin de que tomase la resolución más conveniente.  La Reina Gobernadora concedió los honores de director en el ramo de la Arquitectura a los dos tenientes directores el 30 de marzo de 1834, resolución que fue vista en la Junta Ordinaria del 4 de mayo para hacerla cumplir y ser anotada tanto en los libros como en el catálogo correspondiente. Sin embargo, una vez hecha la votación secreta en la Junta Ordinaria del 12 de octubre Inclán obtuvo 7 votos y Moreno sólo 6, resultados que elevaron al primero a director de Arquitectura en la Junta Ordinaria del 16 de noviembre de ese mismo año en la vacante dejada por Juan Antonio Cuervo.  Por estas mismas fechas se concedió la plaza de director de Pintura vacante por fallecimiento de Zacarías Velázquez a José Aparicio y la de director de Perspectiva por muerte de Fernando Brambila a Manuel Rodríguez.

En 1834 se tuvo que cubrir también la plaza de director general de Bellas Artes para el trienio que debía comenzar el 1 de enero, ya que se había cumplido el trienio de Esteban de Ágreda como director de Escultura y le tocaba el turno a la Sección de Arquitectura. Entre los arquitectos que tenían el requisito de directores sólo lo poseían Juan Inclán e Isidro Velázquez, por lo que ambos fueron propuestos. En la Junta General del 28 de diciembre se procedió a la votación secreta y una vez hecho el escrutinio, el primero obtuvo 28 votos mientras que el segundo 26, hecho por el que, previa consulta a S.M, se concedió el cargo de director general de la Academia a Inclán en la Junta Ordinaria del 25 de enero de 1835.

Durante la década de los años treinta y cuarenta fue elevado el número de maestros de obras y arquitectos que se introdujeron en la construcción de corralas en Madrid. Dentro de ellos podemos destacar a José Llorente al erigir la corrala de la calle Ave María, nº 26 (1833); Juan Miguel de Inclán la del Reloj, nº 16 (1834); Ávila y Medina la de Ribera de Curtidores, nº 8 (1834); Joaquín de San Martín la de Cabestreros, nº 12 (1835); Pedro Blas de Uranga la de Ruda, nº 8 (1837); Pardo y Trenado la de Ave María, nº 35 (1839) y Antonio Juan Cachavera y Langara la de Ribera de Curtidores, nº 10 (1847).

Con fecha del 1 de junio de 1836 el corregidor de Madrid, marqués de Pontejos, remitió a la Academia un oficio solicitando una relación individual de los sujetos que estaban comprendidos en el artículo 7º del Decreto de S.M. de 24 de mayo de 1836, en vista de la Real Convocatoria para la celebración de las Cortes Generales del Reino. El artículo 7º que reseñaba «Los Arquitectos, Pintores y Escultores con titulo de Academicos de las Bellas Artes» era una relación de individuos cuya edad debía superar los 25 años y en la que era obligatorio indicar la calle y casa donde vivían debido a que era indispensable para la Diputación Provincial de Madrid no perder ni un momento en resolver y cumplir dicho Real Decreto. Asimismo, el propio marqués de Pontejos solicitó de la institución el 15 de junio el nombramiento de tres o más profesores de arquitectura para que en unión con él pudieran tratar varios puntos del ramo de Policía Urbana. El 19 de junio la Academia nombró para este cometido a los profesores Juan Miguel de Inclán, Custodio Moreno, Tiburcio Pérez, Juan Francisco Rodrigo y José Joaquín de Troconiz para que en la mañana del lunes 20 del mismo pudieran presentarse en las casas consistoriales de la villa y comenzar su cometido.

Los comisionados para la elección del Monumento artístico que debía perpetuar la memoria del coronel de Caballería Bernardo Márquez en la ciudad de Sevilla, sometieron a censura y aprobación de la Academia en la Junta de la Comisión de Arquitectura del 31 de octubre de 1836, el diseño del proyecto que había elaborado el difunto profesor Salustiano Ardanaz. Ante esta circunstancia Custodio Teodoro Moreno comunicó a los allí presentes que aquel distinguido discípulo le había hecho algunas consultas relativas a este pensamiento y que encargándole su reforma no había podido verificarla debido a su fallecimiento. Enterada la comisión de los antecedentes del asunto acordó efectuar dichas modificaciones, las cuales debían ser remitidas a los comisionados para que se procediese a su ejecución. Como consecuencia de lo acordado, Moreno presentó dos meses más tarde el diseño del monumento, que la Comisión de Arquitectura reunida el 13 de diciembre dictaminó que fuese remitido a la Academia para su aprobación. Debido a que entre 1842 y 1843 aún no estaba levantada la obra, otros proyectos fueron presentados a la Academia de Sevilla y a la de San Fernando para poderla concluir. Por un lado, la Comisión de Arquitectura del 29 de octubre de 1842 reprobó  el  pensamiento diseñado en planta, alzado geométrico y perspectiva del arquitecto Ángel de Ayala al carecer del buen gusto y la belleza deseables en sus perfiles y coronamiento, y por otro, en febrero de 1843 se encargó al director de arquitectura Juan Miguel de Inclán la ejecución de otro nuevo que sería el definitivo.

En el transcurso de estos años, conformándose la Reina Gobernadora con lo propuesto el 25 de junio de 1837 por la Junta de Enajenación de edificios de conventos suprimidos, acordó resolver que, para los reconocimientos, mediciones y tasas de los mismos como de sus terrenos en Madrid la Academia nombrase dos arquitectos sacados en suerte entre los doce que creyese más aptos, debiendo elegir dos de ellos residentes en la villa. Enterada de esta petición, la Academia envió al secretario del despacho de la Gobernación de la Península la lista de los que creía reunían la mayor inteligencia: Juan Miguel de Inclán, Custodio Moreno, Martínez de la Piscina, Pedro Ayegui, Antonio Conde y González, Juan Francisco Rodrigo, Manuel Rodrigo y Lucio Olarieta o bien Ladrón de Guevara, Martín Aguado, Antonio Zabaleta, José Sánchez Pescador, Tejada y Juan Morán Lavandera.

De estas fechas, la Academia conserva el diseño de la Alineación de la fachada principal de la Calle de la Almudena (A-3717), fechado, firmado y rubricado en Madrid el 21 de noviembre de 1837 por Inclán, Moreno y Rodrigo. Su existencia en los fondos de la corporación es consecuencia de la obra de reforma del proyecto realizado por Francisco Javier de Mariategui, cuya censura había tenido lugar en la Junta de la Comisión de Arquitectura del 8 de marzo de 1836. Debido a un problema con Pedro del Pulgar, propietario de uno de los solares que se consideraba perjudicado por dicha alineación, la junta creyó conveniente enviar una comisión para verificarlo y en caso necesario realizar los cambios pertinentes. Dicha comisión debió de estar formada por Moreno, Inclán y Rodrigo, quienes dejaron constatado su trabajo a través de su firma en el dibujo.

Junto con Tiburcio Pérez Cuervo y José Joaquín de Troconiz, Inclán llevó a cabo el reconocimiento e informe sobre el expediente de denuncia de la casa ubicada en la calle Ancha de Peligros, nº 5 nuevo, Manzana 265 (Madrid) remitido a censura de la Academia por el alcalde 1º constitucional encargado de la Policía Urbana y aprobado por la Comisión de Arquitectura el 16 de junio de 1840.

En 1844 fue elegido por segunda vez teniente director de Arquitectura y director general por la Real Orden del 26 de enero de 1844, cargo del que tomó posesión el 18 de febrero. Respecto a este último nombramiento, el trienio de la Escultura bajo la dirección de Francisco Elías había terminado y debía dar paso al trienio de la Arquitectura. La Junta Particular del 7 de enero de 1844 estudió la antigüedad, los servicios y circunstancias de los directores propietarios Inclán y Moreno. A fin de elegir a uno de los dos candidatos se realizó la votación secreta de cuyos resultados hicieron acreedor del cargo a Inclán por 24 votos, frente a los 18 obtenidos por Moreno.

El 13 de febrero de 1844 Magdalena Martínez y Francisca Campanero, ambas viudas y vecinas de Madrid, expusieron a la Academia que la primera era dueña de la casa situada en la calle del Bastero, nº 26 antiguo, nº 3 nuevo, de la Manzana 93 y la segunda de la casa situada en la calle de Santa Ana, nº 20 nuevo perteneciente a la misma manzana. En vista de que habían formado una sola propiedad en lo antiguo y se había suscitado un litigio sobre el servicio de obras comunes y los derechos que respectivamente les competía, acordaron elevar una escalera pública que se comprometían a pagar comúnmente siguiendo las directrices de los dos arquitectos de ambas partes, Antonio Conde y González y Francisco Castellanos. Pero debido a las divergencias entre estos arquitectos se tuvo que solicitar de la Academia el nombramiento de un profesor de su seno que llevase a cabo el reconocimiento de la finca y determinase lo más oportuno al caso. Para dirimir este litigio entre los dueños la Comisión de Arquitectura reunida la mañana del jueves 21 de marzo de 1844 nombró a su director de arquitectura Juan Miguel de Inclán, a quien se le comunicó dicho nombramiento el 9 de abril.

A mediados de 1844, el Ayuntamiento de Madrid convocó un concurso de artistas de pintura, escultura y arquitectura para el programa de las funciones que debían celebrarse con motivo de la mayoría de edad y juramento de la reina Isabel II, los cuales debían presentar en un tiempo determinado el boceto de un cuadro que representase el acto solemne del juramento en las Cortes, el modelo en bajorrelieve de un grupo alegórico del mismo acto y los planos de una fuente monumental alegórica del acontecimiento.

Se presentaron varios bocetos y planos que fueron depositados en las casas consistoriales, pero como no se presentó obra alguna de escultura el ayuntamiento solicitó de la Academia el 26 de junio de 1844 el nombramiento de tres profesores de pintura y otros tres de arquitectura con objeto de adjudicar con acierto los premios ofrecidos por su instituto en el programa de estas funciones. Para este fin, fueron nombrados el 4 de julio Juan Gálvez, Juan Antonio Ribera, Juan Miguel de Inclán, Antonio Conde y González, Rafael Tegeo y Atilano Sanz, a los cuales se les pasó el aviso correspondiente.

A raíz del establecimiento de la nueva Escuela Especial de Arquitectura por Real Decreto de 25 de septiembre de 1844 bajo la inspección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, S.M. acordó el 23 de marzo de 1845, el nombramiento de los directores de las distintas enseñanzas de los estudios de arquitectura: Juan Miguel de Inclán profesor de Composición (15.000 reales anuales de sueldo); Eugenio de la Cámara profesor de Cálculo diferencial e integral (10.000 reales); José Jesús Lallave profesor de Mecánica (12.000 reales); Juan Bautista Peyronnet profesor de Geometría descriptiva (12.0000 reales); Narciso Pascual y Colomer profesor de Teoría general de la construcción (12.000 reales); Aníbal Álvarez profesor de Teorías generales del arte y decoración (12.0000 reales); Antonio de Zabaleta profesor de Arquitectura legal y práctica de la construcción (12.0000 reales) y Atilano Sanz y Pérez, Pedro Campo Redondo y Mariano Calvo y Pereira profesores agregados con 6.000 reales, al tiempo que Antonio Conde y González quedó relegado de sus funciones por jubilación.

En 1846 el nombre de Inclán apareció asociado a los de Antonio Zabaleta, Matías Laviña y Manuel de Mesa con motivo del expediente de denuncia de la torre de la catedral de Santander. La Sección de Arquitectura celebrada el viernes 1 de julio de 1846 examinó el expediente y los informes que sobre la obra habían ejecutado ocho profesores (siete arquitectos y un ingeniero), a los cuales se habían adherido Antonio de Goicoechea, José Manuel Acebo y Antonio de Armona el 19 de mayo anterior. Según estos informes, la mayoría de los profesores fueron de la opinión que el estado de la torre era bastante deplorable, su construcción mala y debilitada; el desprendimiento de los sillarejos que revestían el exterior era evidente como eminente su peligro de ruina. Además, su mérito era escaso desde el punto de vista artístico como histórico, por lo que a su entender no merecía la pena su reparación o conservación. Sin embargo, vistos estos antecedentes los vocales de la Sección de Arquitectura (Inclán, Laviña. Zabaleta y Mesa) informaron el 3 de febrero de 1847 que «la torre no peligra, ni en manera alguna ofrece su estado el de inseguridad que se pretende, y a que infunde deducirse á primera vista, singularmente por la parte del Sur, cual los antedichos Profesores mencionan: Que es susceptible de las reparaciones y reposicion de sillarejos que proponen; teniendo por util y conveniente el pensamiento de solidez con buena fabrica y mezcla el cubo que ocupa la caja de escalera de caracol, que ya se propuso en dicho primer reconocimiento; Y finalmente, que de verificarse la demolicion de la torre, aun supuesta la prevencion de apeos, peligra la existencia de la Yglesia que se halla notablemente sobrecargada sobre ella, de cuyo interesante particular se hace asi mismo merito [...]».

Hemos visto que en la Junta Ordinaria Extraordinaria del 14 de septiembre de 1845 Inclán fue nombrado director y profesor de Composición, pero desde el 29 de septiembre de este último año hasta el 26 de septiembre de 1852 en que se jubiló ocupó el cargo de director de la Escuela Especial de Arquitectura. Aparte de los cargos anteriormente señalados, fue vicesecretario de la Academia desde 1827 hasta abril de 1846 en que se reformó la Academia; arquitecto de la Imprenta Real y de la Hermandad del Refugio e individuo de las Sociedades de Toledo y Asturias. En este mismo año de 1846 presentó dos dibujos a la aguada:  el retablo para una capilla y un monumento sepulcral, censurados por la corporación académica en la Junta Ordinaria del 22 de marzo de 1846.

Tenemos constancia que por la Real Orden del 25 de octubre de 1848 S.M. acordó la creación de una comisión formada por Inclán, Atilano Sanz y Narciso Pascual y Colomer a fin de llevar a cabo el informe del Tratado de Arquitectura Legal, obra del arquitecto Antonio de Zabaleta y del fiscal del Consejo Pedro de Madrazo. Los autores habían presentado la obra al Ministerio de la Gobernación con objeto de que fuese difundido por todas las poblaciones como ordenanza general de construcción. Los miembros de la comisión emitieron un informe favorable el 8 de marzo de 1849, siendo  presentado y aceptado por  la Junta de la Sección de Arquitectura el 3 de julio al ser una obra versada en  «[...] una materia de tan conocido  interes é importancia, de obra original en su genero entre nosotros, tanto con respecto á la ciencia administrativa qe abraza, como por lo tocante á la administracion practica de la misma, [...] encierra un conjunto de doctrina muy apreciable, observandose en su esposicion un orden y metodo muy á proposito para facilitar su comprension, y reuniendose en un solo cuerpo las disposiciones relativas ála arquitectura hasta el dias esparcidas y diseminadas en gran numero de leyes que reunidas de este modo proporcionan su estudio mas facil y comodamente». El estudio fue un trabajo que dio servicio tanto a los arquitectos, maestros de obras, propietarios y abogados hasta jueces, magistrados, corporaciones municipales y autoridades administrativas, por lo que fue aprobado, publicado y sirvió de texto para la completa enseñanza de una asignatura establecida en la Escuela Especial de Arquitectura.

El 19 de agosto de 1849 llegó a la corporación el expediente instruido por el Ayuntamiento de Zaragoza sobre el derribo de la Torre Nueva de esa capital. Se trataba de una obra monumental levantada en 1512 con 416 palmos de elevación y 60 de diámetro, en la que habían intervenido Gabriel Gombao y Antón Sariñena. El Ayuntamiento solicitó en estos momentos una serie de aclaraciones sobre la obra: 1ª Si dicha torre era digan de conservarse por su mérito artístico; 2ª Si según los informes dados por los arquitectos que la habían reconocido podía conservarse y mantenerse en buen estado sin temor de ruina con los revestimientos propuestos; 3ª Si la restauración proyectada se acomodaba al carácter de las fábricas; 4º Si sería mas costosa la reparación que el derribo; y 5º Cual de estas disposiciones debía seguirse.

Para dar respuesta a todas estas preguntas, la Junta de la Sección de Arquitectura se reunió la noche del miércoles 29 de agosto a conocer el parecer de los arquitectos Antonio Conde y González, Juan Miguel de Inclán, Atilano Sanz y Matías Laviña. Todos ellos llegaron a las siguientes conclusiones: «1er punto: [...] la torre nueva en concepto de los que firman, un monumento de utilidad, de recuerdos historicos, de gloria nacional y de un merito artistico indisputable, y digno por tanto de conservarse à toda costa./ 2º punto. Si, según los informes dados por los Arquitectos qe la reconocieron podía conservarse y mantenerse en buen estado por largos años y sin temor de ruina con los revestimientos qe proponen./ Todos los facultativos, los que menos amigos parecen de los monumentos, y hasta los interesados por la seguridad de los vecinos, convienen en qe una reparacion hecha  en debida forma puede dar à la torre una larga duracion. Acertadisima es la idea de macizar  el hueco qe ocupa la escalera, cuya operación deberá comenzarse desde el  neto del cimiento por dos ó tres hiladas de sillares en forma de dobela con arreglo al buen metodo de construccion, y proseguirse luego hasta salvar la parte debilitada, con ladrillo bueno y mortero de la mejor calidad, suspendiendola el tiempo  qe sea necesario à cada ocho ó diez pies de elevacion para que tenga lugar de consolidarse [...]. Macizado el hueco de la escalera y después de hallarse bien secos sus materiales, podrá hacerse el zocalo propuesto de buen perfil è igual salida en todo su perimetro, atizonandole y engrapando bien unos con otros sus sillares , que deben ser de piedra de mas fuerte, y cuando menos de cinco hiladas de cubierta. [...] se desmontará el chapitel y se repondrá ò hará otro de nueva construccion mas analogo y en harmonia con el edificio, y por consiguiente de mucha menor elevacion./ 3º punto. Si esta restauracion se acomoda al carácter de la fabrica y desfigura su alzado alterando la convinacion de perfiles y sus verdaderas proporciones. Como el revestimiento esterior qe se propone no pasa de ser un zocalo, no debe desfigurar al basamento y mucho menos y mucho menos a los cuerpos superiores, antes bien como miembro esencial de qe carece puede y debe dar á uno y otro la gracia y propiedad que le falta./4º punto.  Si será mas costosa la reparacion qe el derribo [...]./5º punto. Finalmente cual de estas disposiciones será preferible atendidos todos los antecedentes. Parece innecesario despues de lo dicho añadir nuevas razones ni detenerse en demostrar con otros datos la preferencia que sobre la demolicion [...] debe darse a la reparacion [...]». 

Aún con este minucioso trabajo, el Ayuntamiento de Zaragoza remitió en 1857 a la Academia otro expediente sobre el mismo asunto y en 1858 el proyecto del académico José de Yarza para la recomposición de la torre, que la Sección de Arquitectura del 26 de junio de 1858 acordó elegir «la forma de estrella con el zócalo octogonal de sillería hasta la altura necesaria para salvar la puerta». Tristemente, la torre mudéjar fue demolida en 1892 perdiendo con ello un símbolo de la ciudad, un monumento histórico-artístico con toda su riqueza decorativa a base de lacerías, cruces, medias estrellas, adornos en zig-zag, arquillos y otros elementos de influencia árabe junto con otros de tradición gótica.

Las actividades realizadas por Inclán durante los años siguientes podemos conocerlas a través de las juntas académicas posteriores, de hecho, su nombre aparece en 1849 con motivo de un oficio remitido a la Academia el 30 de septiembre por el jefe político de Soria. Por entonces se había apreciado una disminución del agua potable de dos fuentes en la ciudad que había coincidido con la apertura de una noria por parte de un particular en unos terrenos inferiores y próximos a ellas. Se creía que el problema radicaba en esta nueva construcción por lo que se ordenó el reconocimiento de la obra a arquitectos de ambas partes, José María Guallart y Rafael Gimeno, cuyos dictámenes resultaron contradictorios. Como ante estas situaciones la Administración siempre nombraba a un arquitecto suyo para dirimir la discordia y no se conocía ninguno en la zona, ya que el ingeniero civil de la Provincia era hermano político del que había construido la noria, el jefe político Mariano Muñoz y López recurrió a la Academia a fin de que escogiese a un profesor de su confianza que a la mayor brevedad pasase para hacer las operaciones necesarias y solucionar el problema. La Sección de Arquitectura celebrada el 23 de octubre de 1849 acordó autorizar a su director Inclán para que nombrase al profesor que debía desempeñar este trabajo, nombramiento que recayó en el arquitecto y académico supernumerario Ildefonso de Santiago Palomares, por entonces arquitecto mayor de la ciudad de Logroño.

El 22 de julio de 1850 Inclán realizó, previo nombramiento de la Sección de Arquitectura, el informe sobre cinco proyectos de cárceles públicas previstas en la provincia de Oviedo con sus respectivos presupuestos, obras de Andrés Coello, que una vez examinadas con detenimiento fueron dignas de aprobación. Los dos primeros proyectos correspondían a la casa y cárcel llamada Fortaleza y Casa de la Galera, cuyas plantas presentaba el autor por duplicado para especificar su estado y como resultarían una vez ejecutadas las obras de habilitación y ampliación en su servicio interior. Los otros tres proyectos respondían a la cárcel pública de nueva planta en terreno libre para la villa y puerto de Gijón; la cárcel de nueva planta para la villa de Cangas de Tineo en terreno determinado y la cárcel de la villa de Infiesto, también en un perímetro determinado donde observó minuciosidad y acierto en el diseño de sus fachadas, sinuosidades en el terreno y la curvatura de sus pavimentos. El informe favorable dado por Inclán sería aprobado por la Sección de Arquitectura el 23 de julio de 1850.

A finales de 1850 censuró en colaboración con Matías Laviña el expediente remitido por el Ayuntamiento de la villa de Avilés (Oviedo) sobre la alineación reflejada en el plano geométrico de aquella población y sus accesorios, alineación que había sido previamente aprobada por la Real Orden del 22 de noviembre de 1849. Ninguno de los profesores pudo dar el visto bueno a la alineación presentada, ya que exigían la rectificación del plano por medio de un nuevo pensamiento. Del mismo modo, Inclán se ocupó también del informe sobre la alineación y la tira de cuerdas efectuada por el maestro de obras Agustín García Ruiz en la casa demolida por ruina, propiedad de Manuel Antonio Gao, en Jerez de la Frontera que sería aprobado por la Sección de Arquitectura el 19 de diciembre. No obstante, antes de acabar el año sería nombrado junto con Atilano Sanz para elaborar el reconocimiento e informe de la demolición de la casa de la calle de Jesús y María, nº 16 (Madrid). Respecto a esta obra, el 8 de noviembre de 1850 el alcalde corregidor de Madrid había puesto en conocimiento de la Academia el expediente instruido sobre la demolición de dicha casa, obra que había sido reconocida por cuatro profesores. Al existir una disparidad de pareceres entre ellos, pues dos profesores estaban a favor de la demolición y otros dos opinaban que con diversas obras podía quedar la casa con la suficiente solidez, buen uso y servidumbre, fue necesario el nombramiento de un/s profesores que pudieran resolver el problema, comisión que recayó en Inclán y Sanz el 14 de noviembre de 1850, arquitectos que el 14 de diciembre tuvieron concluido y entregado su trabajo. 

Asimismo, fue nombrado al año siguiente en colaboración con Antonio Herrera de la Calle para ejecutar el proyecto de Ordenanza de Construcción de Madrid a fin de ilustrar en este cometido a los tres arquitectos de la villa, a tenor de la solicitud hecha por el corregidor a la Academia el 19 de diciembre de 1851. A su vez, en septiembre de este mismo año había sido nombrado junto con Antonio Conde y González y el mismo Antonio Herrera de la Calle para reconocer e informar gratuitamente sobre los desperfectos onservados en la iglesia parroquial que se estaba levantando a extramuros de la corte (Chamberí) con fondos de varios feligreses, arbitrios, limosnas y finalmente con recursos del Gobierno. Una vez verificados los desperfectos, desplomos y quiebras del templo realizaron un primer informe el 26 de septiembre de 1851 y un segundo el 22 de octubre, reseñando la necesidad de demoler las dos torrecillas que decoraban la fachada principal. Realizaron el examen de las obras circunscritas y los materiales empleados en ellas, para lo que hicieron el rompimiento de 6 puntos de excavación: cuatro en el interior de la nave del templo y 2 al exterior alrededor de la capilla mayor o presbiterio, que reconocieron la mañana del 5 de marzo de 1852. Los encontraron con una solidez regular debido a la utilización de materiales de diferente consistencia, pero no creyeron que ese fuese el origen de los desperfectos y la progresiva ruina de las fábricas superiores. A su entender, muchas habían sido las causas del deterioro de la iglesia: la forma adoptada en la cubrición de la nave principal del templo; la bóveda de tabicado doble sujeta á la curvatura circular ó de medio punto apoyada en muros resistentes, cuya construcción había sido poco esmerada y sus asientos nada homogéneos; la utilización de los materiales por medio de limosnas, cuya calidad no era la mejor; los malos trabazones y la poca profesionalidad de los obreros que la habían levantado, y por último y más principal, el abandono en que habían estado las obras por espacio de meses y aún de años, durante los cuales las lluvias  habían disuelto y arrastrado en su descenso el mortero que unía los ladrillos como los propios ladrillos.

En estos momentos, no sólo se creyó necesaria la demolición de las dos torrecillas de la fachada principal sino también la de toda ella hasta sus cimientos; cubrir la nave con armadura atirantada en sustitución de la bóveda formando la vuelta con encamonados y la forma que se creyese mas oportuna, así como suprimir el vuelo de la cornisa interior por ser innecesaria a fin de regularizar la forma de la bóveda que fuese preciso determinar. Por otro lado, las naves laterales debían constituirse en capillas demoliendo los arcos labrados en la parte izquierda y rebajando sus fábricas en una y otra parte.

Pero el 5 de abril de este mismo año de 1852 la Secretaria de la Academia recibió los planos de la iglesia de Chamberí suscritos por el académico supernumerario Antonio Cachavera y Langara aprobados por la corporación en abril de 1841; un nuevo plano que representaba el mismo proyecto, pero con notables modificaciones y cuyo autor no era arquitecto aprobado, además de la real orden que se había leído en la última junta general y por la que S.M. encargaba a la Academia le mantuviera informada sobre este asunto.

La Junta de la Comisión reunida el 19 de junio dictaminó que para asegurar el edificio y salvarle de la ruina eran necesaria la construcción de unos muros de cuatro pies de grueso desde los machones de la nave central hasta los muros exteriores, embebiendo en ellos tirantes y bolsones de hierro a fin de formar un cuerpo compacto; la demolición de los tabiques provisionales que cerraban los arcos; la construcción de una armadura mixta de madera y hierro que atirantase entre sí estos muros y contuviese sus movimientos; la demolición del cañón de la bóveda y su sustitución por un encamonado; la demolición de la escalera helicoidal que daba subida a la torre de la izquierda y la realización de otra de madera, como la demolición de las paredes que unían los muros exteriores con los dos de la nave principal, construyéndolas de nuevo con el grueso competente.

El parecer de la comisión fue aprobado por la Academia en la Junta General del 11 de julio, pero a mediados de 1853 el propio Cachavera y Langara remitió a la Junta Inspectora de las obras de la iglesia de Chamberí una exposición indicando que solo iba a invertir en la obra para dejarla totalmente consolidada los 180.000 reales que por estas fechas existían en depósito. En respuesta a dicha exposición, la junta contestó al interesado que debía aclarar varios puntos: las obras que debían ejecutarse para ese fin detallándolas una a una y formando el presupuesto con especificación de las partidas y el señalamiento de los valores, aparte de los medios que iba a adoptar para que no se perdiese aquella suma.

Finalmente, la Junta de la Sección de Arquitectura celebrada el 16 de agosto de 1853 comunicó a la Academia que aceptaba la propuesta de Cachavera y que creía justo como equitativo concederle la reparación definitiva de la obra. También que era imposible que el arquitecto formase el cálculo detallado con especificación de las partidas como se le pedía porque debiendo proceder a la demolición de parte del templo era imposible prever el número de pies o varas cúbicas de las diferentes fábricas que serían necesarias reponer y que este presupuesto detallado era innecesario cuando el propio arquitecto se comprometía a concluir las obras con el mismo coste cuando seguramente iba a ser más elevado. Por último, respecto a las medidas que iba a adoptar para no perder la suma existente creía muy razonables las condiciones a las que voluntariamente se sometía el arquitecto por lo que tampoco existía problema alguno en cuanto a este punto. No obstante, se manifestó la conveniencia de que una comisión facultativa y de la confianza de la Academia inspeccionase semanalmente las obras y certificase que se estaban llevando a cabo según lo prescrito y los buenos principios del arte.

A principios de 1854 la Academia propuso para esta comisión a los mismos arquitectos que años antes habían realizado el informe sobre la obra, es decir, a los académicos Antonio Herrera de la Calle y Antonio Zabaleta, pero ambos comunicaron su imposibilidad de realizarla porque uno tenía dos obras principales fuera de la Corte y el otro debía salir de Madrid para restablecer su salud. Sin embargo, no dejaron de manifestar que la obra era ajena a la índole de la Academia y no debía ser encomendada a sus individuos pues este tipo de trabajos no estaban remunerados y por consiguiente eran muy gravosos para los individuos, porque las inspecciones exigían mucho tiempo y máxime en una obra de estas características al encontrarse muy lejos de sus domicilios. También que requería una gravísima responsabilidad y además no podía una comisión aceptar a quien la mala fe de los operarios y materialistas podría sorprender si las obras eran tan sólo inspeccionadas una vez por semana.

La Sección de Arquitectura celebrada el 18 de octubre de 1853 oyó las razones de Herrera y Zabaleta sobre este asunto y ante lo expuesto S.M. acordó en marzo de 1854 que los académicos nombrados para inspeccionar las futuras obras de la iglesia de Chamberí fueran remunerados con una retribución. Después de oído este dictamen, la Sección reunida la noche del 28 de marzo de 1854 verificó el nombramiento de Herrera y Zabaleta, pero los académicos contestaron en abril que cuando habían expresado sus opiniones nunca lo habían hecho con ánimo de exigir retribución alguna, pues siempre habían estado dispuestos a ejecutar sin coste alguno cualquier trabajo encomendado por la corporación.

Las obras de la iglesia de Chamberí siguieron su curso a lo largo de 1854, pues el 21 de junio Juan José de Urquijo fue nombrado arquitecto-inspector por el Ministerio de Gracia y Justicia para inspeccionar semanalmente las obras de la parroquia y  el 26 de julio de 1855 llevó a cabo un detenido reconocimiento de la obra, cuyo informe remitió el 1 de agosto señalando que la fachada continuaba aumentando el movimiento indicado en su primer informe; que el revestimiento de la bóveda se había destruido y se había pasado al arco toral como a parte del cascaron del presbiterio que creía no poder conservar; que la razón principal que le obligaba a dimitir del cargo con el que le había honrado S.M. era que las fábricas del templo carecían de las precisas condiciones de estabilidad por las razones expuestas y eran insuficientes los medios propuestos para conseguir el fin deseado. Dicho escrito fue remitido a través del Ministerio de Gracia y Justicia a la Academia, institución que a través de su Sección de Arquitectura reunida el 14 de agosto de 1855 emitió el consiguiente informe criticando severamente a Juan José de Urquijo con las siguientes palabras: «La Sección no cree prudente calificar el escrito de D. Juan Jose de Urquijo por que debería hacerlo muy severamente al ver la ligereza y resuelto tono con que há hablado del juicio de una Academia que debia tener para él tanto titulo de respeto y consideracion, al mismo tiempo que manifiesta desconocer completamente el asunto en que pretende dar lecciones á esta corporacion en vano la Seccion há buscado en su informe una razon-cientifica del aventurado acierto que hizo: (solo por el placer de criticarla sin duda á pesar de habersele mandado por el Gobierno de S.M. que detalle ó demuestre las razones por las que cree insuficientes é impracticables las obras que propuso la Academia, ni las ha detallado ni menos ha podido demostrarlas, reduciendose y limitandose á repetir y perifrasear la idea de que no son bastantes, y esto á vuelta de no pocas vulgaridades impropias de un hombre cientifico, confundiendo lastimosamente los principios del equilibrio con los del movimiento, las causas con los efectos, las observaciones con los estudios que, ó no há hecho, ó si los há hecho no deben ser los mejor ordenados  á juzgar por las consecuencias que deduce. De todo esto se sigue que la negativa del Arquitecto Urquijo á encargarse de la inspeccion de las obras, solo ha servido 1º para entorpecer el negocio, dilatando la resolucion, 2º para demostrar su insuficiencia cientifica y 3º para poner de manifiesto su falta de respeto hacia la primera corporacion artistica de España á cuyo decoro no há tenido reparo en atentar con sobrada ligereza y sin el menor fundamento [...]».

Ante la actitud de Urquijo, la Sección de Arquitectura acordó el 14 y 22 de agosto de 1855 que fuese aceptada la renuncia al cargo por parte de este arquitecto y que se tomase en acta la gran ofensa que había inferido a la corporación académica para que en futuras ocasiones se pudiera hacer uso de ello como mejor conviniese.

Como es lógico, las obras del templo continuaron en 1856, fecha en la que fueron nombrados los arquitectos Juan Pedro Ayegui y Matías Laviña para realizar el reconocimiento de la parroquia. El 13 de agosto emitieron su informe a la Academia manifestando el haberse construido recientemente obras con solidez, esmero y buenos materiales que habían tenido como resultado la estabilidad deseada del edificio. 

Inclán se jubiló en 1852, jubilación que fue notificada en la Junta General del 17 de octubre. Hasta esta fecha ocupó la plaza de profesor de Composición y el cargo de director de la Escuela Especial de Arquitectura de Madrid siendo sustituido por Narciso Pascual y Colomer, quien recibió a partir de ahora por su nuevo puesto el sueldo de 15.000 reales. La muerte en 1854 de este académico, arquitecto de la Imprenta Real como de la Hermandad del Refugio e individuo de las Sociedades de Toledo y Asturias fue notificada en la Academia en la Junta General del 8 de octubre.


Fuentes académicas:

Arquitectura. Cárceles, 1782-1837. Sig. 2-30-1; Arquitectura. Cementerios. Siglos XVIII y XIX. Sig. 2-29-4; Arquitectura. Conventos, 1778-1816. Sig. 2-32-1; Arquitectura. Iglesias parroquiales, 1817-1826. Sig. 2-33-4; Arquitectura. Iglesias parroquiales, 1827-1833. Sig. 2-33-5bis; Arquitectura. Iglesias parroquiales, 1832-1851. Sig. 2-33-5; Arquitectura. Iglesias parroquiales, 1852-1857. Sig. 2-33-6; Arquitectura. Monumentos públicos. S. XIX. Sig. 2-28-5bis; Arquitectura. Torres de iglesias y de relojes, campanarios y espadañas, 1779-1860. Sig. 2-34-1; Comisión de Arquitectura. Arquitectos, 1803-1805. Sig. 4-68-1; Comisión de Arquitectura. Informes, 1803. Sig. 1-28-4; Comisión de Arquitectura. Informes, 1804. Sig. 1-29-1; Comisión de Arquitectura. Informes, 1805. Sig. 1-29-2; Comisión de Arquitectura. Informes, 1807. Sig. 1-29-4; Comisión de Arquitectura. Informes, 1808-1822. Sig. 1-29-5; Comisión de Arquitectura. Informes, 1821-1828. Sig. 1-30-1; Comisión de Arquitectura. Informes, 1829-1838. Sig. 1-30-3; Comisión de Arquitectura. Informes, 1839-1850. Sig. 1-30-5; Comisión de Arquitectura. Informes, 1846-1855. Sig. 1-30-2; Comisión de Arquitectura. Informes. Urbanismo. Ordenanzas de policía urbana de Albacete, Cádiz, Córdoba, Madrid, Pamplona, Santander y Sevilla, 1788-1857. Sig. 2-22-2; INCLÁN VALDÉS, Juan Miguel. Disertación sobre la situación local de los Hospìtales en una Corte y lo que se deberá tener presente para su cómodo uso, ventilación y aislar las enfermedades contagiosas, Madrid, 1814. Sig. 3-310-13; Libro de actas de juntas ordinarias, extraordinarias, generales y públicas, 1839-1848. Sig. 3-90Libro de actas de juntas ordinarias, extraordinarias, generales y públicas, 1848-1854. Sig. 3-91 Libro de actas de juntas ordinarias, generales y públicas, 1795-1802. Sig. 3-86;  Libro de actas de juntas ordinarias, generales y públicas, 1803-1818. Sig. 3-87; Libro de acuerdos de la Junta de la Comisión de formación de Ordenanzas facultativas pª la construccion y reforma de Edificios de la Corte, y precaución pª los casos de incendio. Por el Rl y Sumo Consejo de Castilla en marzo de 1740. Promovido pr la Rl Acadª de Sn Ferndo en diciembre de 1813. Sig. 3-159; Secretario general. Académicos. Arquitectos, 1750-1831. Sig. 1-44-2; Secretario general. Académicos. Arquitectos, 1790-1807. Sig. 1-43-2; Secretario general. Académicos. Arquitectos, 1814-1818. Sig. 1-43-3; Secretario general. Académicos. Arquitectos, 1821-1845. Sig. 1- 43-4; Secretario general. Académicos. INCLÁN VALDÉS, Juan Miguel de. Sig. 1-4-19;   Secretario general. Académicos. Relación de académicos y de profesores, 1846. Sig. 1- 19-13;  Secretario general. Enseñanza. Arquitectura, 1847-1853. Sig. 1-32-15; Secretario general. Enseñanza. Disciplina en los estudios, 1768-1856. Sig. 1-20-2;  Secretario general. Enseñanza. Pensionados, siglos XVIII y XIX. Sig. 1-48-5; Secretario general. Enseñanza. Pensionados. Arquitectura, 1748-1807. Sig. 1-49-6; Secretario general. Enseñanza. Pensionados, siglos XVIII y XIX. Sig. 1-48-7; Secretario general. Enseñanza. Planes de estudios y reglamentos, 1843-1846. Sig. 1-19-11; Secretario general. Solicitudes de nombramiento de profesores para reconocimiento de obras de arquitectura, pintura, escultura y grabado, 1779-1862. Sig. 2-27-5.


Silvia Arbaiza Blanco-Soler
Profesor TU de la UPM


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